Ramiro Arauz
Un viajero descendía
lentamente la colina. Se detuvo un momento y observó el paisaje. A lo lejos se
distinguía la silueta del pueblo de Plymouth, junto a la costa. El caminante
apresuró el paso ya que aún le faltaban muchas millas para llegar a su destino.
El viajero usaba un
traje de fieltro negro, y zapatos del mismo color, común a todos los
descendientes de los puritanos de Nueva Inglaterra. Un sombrero, negro y de
alas anchas, con una hebilla de plata, completaba el conjunto. Era un hombre
joven, de no más de treinta años. Las facciones regulares, el pelo rubio muy
corto, los ojos azules e inquietos y un bigotillo ralo le daban cierto aire de
presbítero.
La luz del día se
extinguía ya y el caminante se resignó a dormir a la intemperie, pues lejos aún
quedaban las cálidas posadas de Plymouth, y un poco más lejos aún, cierta casa
a la que pensaba ir.
El hombre se apartó
un tanto del camino para buscar algún refugio contra el viento, y lo encontró
junto a una gran roca que prometía buen resguardo. A pocos pasos de la roca
comenzaba un pequeño bosquecillo de abetos. Entonces comenzó a recoger leña en
los alrededores. Después de algunos minutos ya tenía una buena cantidad de
madera seca. Sacó su pedernal y encendió un fuego.
Ya era noche cerrada.
El viajero sacó un hermoso pan de color dorado de una de sus alforjas y empezó
a comer. No tenía miedo de la oscuridad ni de los bandidos, pero sí de los
indios. Los wampanoag habían demostrado con creces ser buenos anfitriones,
sobre todo con los primeros peregrinos del Mayflower, pero habían pasado más de
siete décadas desde entonces. Ahora los indios eran huraños, desconfiados,
astutos. Los blancos nos quitaron las tierras con engaños, decían, y ahora
vivimos en la miseria. Algunos indios viejos aún recordaban la época anterior a
la llegada de los blancos, época de abundancia, decían. Por eso todos los
colonos con una granja que cuidar estaban obligados a tener armas, para la
defensa. No hace mucho, en la colonia de Jamestown, un grupo de indios borrachos
y descontentos entró a la granja de Jonnah Stackpole y asesinó a todos, no sin
antes haber violado a la esposa e hijas de Stackpole. Claro que algunos días después
los indios habían sido capturados y ajusticiados por orden de Motiua, el jefe
de clan, para congraciarse con los colonos.
En esto pensaba el
viajero mientras comía mirando al fuego. Un silencio sepulcral se extendía
ahora, solamente interrumpido por un búho ocasional.
El caminante arrojó
más leña al fuego y se dispuso a dormir, pero un ruido de ramas y hojas rotas
proveniente del bosque cercano lo sobresaltó.
Una forma negra y
alta se acercaba tambaleante hacia la fogata. El viajero solamente se quedó
paralizado en su sitio sin saber qué hacer. De repente la sombra negra
pronunció unas palabras con voz cascada.
-Perdonad hermano,
pero me estoy congelando.
-Acercaos a fuego,
hermano-habló el viajero- La noche está muy fría y estamos lejos de Plymouth.
La sombra se
aproximó al fuego y se sentó muy cerca del viajero. Solamente es un viejo, pensó
el caminante, mientras contemplaba a la sombra sentarse.
Era, en efecto, un
viejo decrépito, con ropas hechas harapos, sin sombrero, y una barba enmarañada
en su rostro. Además apestaba a alcohol.
El viajero torció el
gesto. No se toleraban a los bebedores entre los puritanos, y él era un
puritano estricto. El viejo advirtió su mirada de desaprobación y rechazo y se
alejó un poco del caminante.
Sin decir palabra el
caminante le dio al viejo la mitad de su dorado pan. Es proverbial la
generosidad de los puritanos.
El viejo agradeció
con una mueca desdentada y una inclinación.
-Muchas gracias
hermano. El pan está exquisito- dijo a cabo de unos momentos.
-Lo horneó mi esposa
esta mañana-respondió el viajero.
-¿Cómo os
llamáis?-preguntó el viejo.
-Nathaniel Williams
–respondió el caminante.
-Acaso sois
presbítero?-siguió el viejo.
-No. Soy el notario
de Brockton.
-Y qué hacéis por
aquí y a estas horas- continuó el viejo.
-Viajo a Plymouth
por negocios. Y vos, qué os trae por aquí.
-Me dirijo a Nueva
Hampshire-dijo el viejo- Tengo algunos amigos que me esperan ahí. Me llamo John
Dark.
-Es un viaje largo,
John Dark.
-Así es Nathaniel
Williams. Pero decidme, no tendréis en esos amplios bolsillos una pinta de vino
porque muero de sed.
-El vino está
prohibido para todo buen cristiano, Dark. Yo jamás lo he probado.
-En serio. Pues
debéis tener una vida muy aburrida en Brockton.
Nathaniel Williams
no contestó. Se limitó a mirar al viejo borracho con expresión severa.
-No os juzgo Dark,
eso corresponde a Dios. Pero debéis saber que vivís en pecado.
El viejo lo miró con
una extraña sonrisa.
-Me parece que sois
un hombre virtuoso-dijo John Dark.
-Solamente sigo las
reglas de nuestra fe al pie de la letra. Pero al parecer vos estáis alejado del
Señor.
-No me interesa hablar
de religión Nathaniel Williams-dijo el viejo-Dios no existe. Mejor compartid
vuestra comida conmigo.
Williams movió la
cabeza resignado. No le gustaba el viejo, pero era su deber compartir su
comida.
-Compartiremos la
comida, pero en silencio- habló el hombre más joven, mientras entregaba un pedazo
de queso al viejo- No quiero oír vuestras herejías.
Después de varios
minutos, el viejo lanzó un sonoro eructo.
-Excelente,
Nathaniel- dijo- Vuestra esposa cocina de maravilla.
Williams no
respondió. Sacó su biblia de uno de sus amplios bolsillos y se puso a leer
algunos pasajes para dar las gracias.
El viejo no se unió
a los rezos. Solamente miraba a Nathaniel Williams fijamente. Luego se preparó
un lecho con hojas secas cerca del fuego y se acostó, dándole la espalda a
Nathaniel Williams.
El joven notario
estaba cada vez más indignado con el viejo. Ni siquiera le había dado las
gracias. Después de unos instantes, también se preparó para dormir.
-Casi lo olvido-
dijo el viejo medio incorporándose de su lecho- Esto es para vos- y arrojó un
libro a los pies de Williams, que lo miraba interrogante.
-Lo encontré hace
poco, en el cadáver de un indio viejo. Lo habían devorado los lobos en el
bosque. Os lo regalo. Yo no lo puedo leer.
Y sin decir nada más
se acostó, y poco tiempo después grandes ronquidos proclamaban su sueño
etílico.
Nathaniel Williams
tomó el libro sorprendido. No tenía nada de especial. Era como cualquier otro
libro. Lo hojeó un poco, pero estaba muy cansado. Los ojos se le cerraban y no
entendía nada de lo que leía.
Al fin el sueño lo
venció y Nathaniel se durmió, pero antes de caer vencido sintió que había
cometido un error al hablar con el viejo.
Un frío glacial
despertó al joven notario. Se incorporó aturdido de su lecho de hojas y descubrió
que la hoguera se había apagado. Buscó al viejo que había dormido junto al
fuego, pero no lo distinguía. La oscuridad era total. Probó llamándolo varias
veces pero nadie respondía. No se distinguía ni una sola estrella en el cielo.
Calculó que todavía debía ser cerca de medianoche.
Buscó su pedernal
para encender unos cuantos leños, pero de pronto divisó una vacilante luz, que
se adentraba en el bosque. Sorprendido, Nathaniel Williams se levantó y la
siguió por un trecho. Por momentos la luz se desvanecía, pero al cabo de un
rato volvía a aparecer. Así continuó por algunos minutos, tropezando en la
oscuridad y en busca de la luz. El joven notario se adentraba cada vez más en
el bosque, y parecía no darse cuenta.
Por fin, junto a una
profunda quebrada creyó distinguir una cabaña tenuemente iluminada.
Confuso por
encontrar una cabaña en medio del bosque se aproximó a la edificación. Un tenue
resplandor se escapaba por debajo de la puerta y las ventanas de la
cabaña. Parecía una construcción sólida,
sin nada digno de mención, excepto por la puerta. Era ésta de una madera muy
negra y pesada, y tenía un picaporte bastante extraño. Era la cara de un
demonio.
Nathaniel Williams
dudó un instante al ver el picaporte, pero en ese momento los aullidos de
varios lobos sonaron con fuerza en el bosque.
El miedo lo impulsó
a entrar a la cabaña.
Tomó el picaporte
para golpear la puerta, y se sorprendió de lo caliente que estaba el metal.
Largo tiempo golpeó la puerta con el picaporte, pero nadie salía a abrirle. El
notario se aproximó a una de las ventanas para ver si distinguía algo, pero
alguna cosa ocultaba la estancia, una especie de sombra negra y grande.
Volvió a la puerta,
y se dispuso a llamar con más fuerza.
En ese mismo
instante la puerta se abrió y apareció un anciano de rostro bondadoso.
-Pasad Nathaniel.
Sed bienvenido a nuestra morada.
El notario estaba
muy asombrado, y hasta un poco asustado al oír que el anciano le conocía. Entró
en la estancia.
-¿Cómo es que sabéis mi nombre?-preguntó
Nathaniel.
-Cualquiera en
cuarenta millas a la redonda os conoce, Nathaniel Williams, notario de
Brockton-respondió el viejo afablemente.
El viejo lo guió por
la estancia y lo condujo a una silla ubicada al lado del hogar.
El joven notario
observó la habitación. Era bastante amplia, con algunos muebles viejos y varias
cajas por el suelo. Se sentó en la silla junto al hogar. No se sentía a gusto
con el viejo y eso lo intranquilizaba. Además una cabaña en medio del bosque…..
-No tengáis
miedo-habló el viejo, leyéndole el pensamiento- Siempre hemos vivido aquí,
desde la época del Mayflower. Nos gusta la paz del bosque.
-¿Quién más vive
aquí?-preguntó Williams.
-Muchos, pero no
están ahora-respondió el viejo-¿Habéis seguido nuestra luz?
-He seguido una luz
que me ha guiado hasta aquí.
-Nosotros os la
hemos enviado-dijo el anciano.
-¿Por qué?
-Queríamos
conoceros.
-¿Quién
sois?-preguntó Nathaniel, con temor.
-Os he dicho que no
debéis temernos. Más bien, al contrario, creo que después agradeceréis habernos
conocido. Me llaman viejo Nick-terminó el anciano.
-Nick-repuso el
notario- A secas, sin apellido.
-Soy Nick. Siempre
he tenido sólo un nombre. Pero podéis decirme Nick Black si os apetece.
-Nick Black-repitió
Nathaniel.
El viejo de rostro
bondadoso situó una silla frente a la del notario y se sentó.
-Os hemos observado,
Nathaniel Williams-dijo el anciano mirándolo fijamente- Todos os conocen por
ser un hombre intachable, de una familia irreprochable, y sin embargo………….
-¿Y sin embargo
qué?-preguntó el notario.
-Sin embargo
nosotros sabemos. Nosotros siempre sabemos.
-¿Qué es lo que
sabéis?-dijo Nathaniel Williams arrogante- Yo sigo el camino del señor. Soy una
persona decente. Jamás he probado una gota de alcohol. Soy un hombre íntegro.
-Eso es lo que todos
piensan-continuó el viejo- Pero ellos no os conocen como yo.
-¿Qué queréis
decir?-repuso el notario algo amoscado.
-Yo sé lo que
pensáis. Se lo que le hacéis a vuestra esposa todas las noches en la cama. Sé
que os gusta eso, aunque a ella le repugne.
Nathaniel Williams
se ruborizó de inmediato. El viejo le miraba sonriente. El notario comenzó a
balbucear.
-Yo……..yo no…………
-Tranquilo
Nathaniel. No os estoy juzgando.
-Pero….cómo………
-Simplemente lo sé.
Sé además cómo miráis a las hermanas de vuestra esposa. Aún son unas niñas muy
jóvenes, verdad. Esos pensamientos que tenéis con ellas no son nada buenos,
Nathaniel.
Parecía que el
notario estaba a punto de tener un ataque al corazón. Su rostro se puso lívido
y no respiraba.
-Tranquilo hijo, os
repito que no os juzgo. Además son unas niñas muy hermosas. Sé que pensáis en
ellas mientras se la claváis por atrás a vuestra esposa. También sé que habéis
intentado seducir a la mayor, creo que se llama Mary. Pero debo deciros que
esos torpes intentos de seducción me daban risa. Mary ni se daba cuenta cuando
vos os frotábais contra ella. Aún no entiende de estas cosas.
Nathaniel estaba más
allá del asombro. Totalmente anonadado miraba al viejo.
-Pero lo más risible
de todo eso es lo que pasó con Alice. ¿Lo recordáis? ¿No? Pues yo sí. Alice se
enfermó y vos convencisteis a vuestra esposa de que la podría cuidar mejor en
vuestra cama. Así que la tonta de vuestra mujer colocó a Alice en vuestra cama,
y la puso en medio de los dos, ya que vos también la quisisteis cuidar. Y vaya
que la cuidasteis. ¿Ya lo recordáis? Desvelado de miedo y anhelo esperasteis en
vela varias horas a que todos se durmieran, y poco a poco vuestra mano se
dirigía con movimientos lentísimos hacia la húmeda entrepierna de Alice. Y
claro que estaba húmeda, como os gusta. Vuestros dedos tantearon todo el grácil
cuerpo de Alice mientras ella gemía de placer diríais vos, o tal vez de dolor y
se debatía en la fiebre. Esa noche estabais tan excitado que aun no entiendo
por qué milagro no la penetrasteis. Si mal no recuerdo también la lamisteis y
la besasteis……
-Basta, por favor,
deteneos……….-Nathaniel Williams tenía la cabeza gacha, y las manos en su cara.
Gruesas lágrimas resbalaban por sus ojos- Es que son tan hermosas. Las tres.
Mary, Alice y Ana. Yo las amo pero nadie lo comprendería-continuó.
-Pero que os he
dicho-habló el viejo- Yo os entiendo. No estoy aquí para juzgaros.
El notario no paraba
de llorar.
-¿Qué
queréis?-imploró Nathaniel.
-Aún no he
terminado-dijo el viejo-Queréis que sigamos hablando de vuestras pequeñas
cuñadas, y las maneras que se os ocurren para tocarlas, o pasamos a otro tema.
-No, por favor, no.
-Otro tema
entonces-habló el anciano, con su voz afable.
-Oh, Dios,
no-suplicó el joven notario.
-Dios no está aquí,
solo yo-se burló el viejo- Hablemos ahora de lo que pensáis sobre vuestro
padre, el reverendo Jim Williams.
-¿Quién sois?¿Qué
sois?-gritó Nathaniel.
-Si aún no lo sabéis
entonces sois torpe.
Nathaniel Williams
se irguió en la silla y miró con profundo terror al viejo. El anciano solamente
asintió sonriendo.
-Continuemos-siguió
el viejo- Vuestro padre el reverendo Jim. Es un hombre muy rico, verdad. Y vos
sois su único hijo. Si él muriera su vasta hacienda pasaría a vos, y podríais
ser rico. Y siendo rico se incrementarían las probabilidades de que vuestras
pequeñas cuñadas se queden con vos, ¿verdad?. Si sois rico podéis elegir para
ellas maridos de acuerdo a su posición, pero siendo jefe del hogar a nadie
extrañaría que no encontrarais a ningún varón digno de vuestros pequeños
tesoros. Por lo tanto todo el mundo diría que sois un hombre muy celoso de vuestra
familia, y nunca sospecharían que las queréis para vos solo.
El notario miraba
aterrorizado al viejo, sin pestañear.
-Y qué es lo que os
dijo vuestro padre en una carta reciente-prosiguió el anciano- Acaso que había
encontrado un excelente esposo para Mary y que esperaba no sé qué formalidad
legal para darle a ese suertudo hombre a vuestra Mary como esposa. Y eso no es
todo. Ya que vuestras pequeñas cuñadas son huérfanas, ese maldito suertudo se
iba a llevar a las tres.
Un ronco sonido
ahogado salía de la garganta contraída de Nathaniel Williams.
-Qué es lo que
lleváis en vuestro bolsillo izquierdo-continuó el viejo- No es, por casualidad
algún potente veneno comprado a precio de oro y con total secreto en New
Hampshire, y del cual se dice que no deja rastro.¿ Acaso no viajáis hacia la
casa de vuestro padre en las afueras de Plymouth?. ¿Y no planeáis poner el
veneno en la taza de café de vuestro anciano progenitor?
El joven notario se
levantó de inmediato de su silla y se encaminó corriendo a la puerta, pero en
su prisa tropezó con unas cuantas cajas que estaban en el suelo y cayó cuan
largo era. Se incorporó lentamente, temblando como un poseso.
El anciano no hizo
ningún movimiento, sino miró al notario con expresión amable.
-Sentaos hijo-dijo
el viejo-No pretendo haceros daño. Solamente os propondré un trato.
-¿Qué trato?-habló
Williams aun temblando.
-Uno que creo que os
satisfará de inmediato. Pero sentaos.
El joven, dudando,
se acercó a su silla y se sentó en el borde.
-Realmente sois el
diablo-dijo.
-Así es, mi querido
Nathaniel. Pero no debéis tener miedo. Todo lo que habéis oído de mí es falso.
Yo solamente les doy a las personas útiles, como vos, todo lo que desea su
corazón, a cambio de un pequeñísimo precio.
-Y qué precio sería
ese-preguntó el notario.
-El precio siempre
varía, pero en vuestro caso será una nadería, muchacho.
Nathaniel Williams
meditó durante algunos instantes. Nada se podía leer en sus facciones, pues
parecían talladas en roca. Después de unos instantes el joven continuó.
-¿Me daríais todo lo
que os pidiera?
-No necesitáis ni
decirlo porque yo ya lo conozco.
-Pero tendré que
pagar un precio-continuó Nathaniel.
-Una pequeñez, una
tontería.
-Y ¿qué hay del más
allá? Del paraíso, del infierno, de la otra vida-preguntó el notario.
-En eso no os puedo
ayudar. Tenéis que decidir vos solo. Si creéis que seréis feliz en el cielo,
entonces haced méritos para ir a él. Pero si no creéis en eso entonces da igual
que os condenéis. Pero decidme, os parece lógico que por gozar de un pequeño
pecadillo como por ejemplo la lujuria, os condenéis para toda la eternidad. Por
qué el Padre os daría instintos si no quisiera que los uséis.
El joven escuchaba
lo que le decía el anciano atentamente, pero su cara seguía sin mostrar signos
de emoción.
-Esta es la única
regla muchacho-habló el viejo-Libre albedrío. Yo solamente os muestro lo que puedo
daros. No hay trucos por mi parte. Pero sois vos el que elegís si creéis en eso
de la condenación y salvación eternas. Yo os hablo del aquí y el ahora, no de
un premio difuso e inalcanzable en la otra vida sino de una recompensa
inmediata. Sed feliz aquí. Recordad que más vale pájaro en mano. Y yo tengo el
pájaro y os lo quiero dar.
Nathaniel Williams
permaneció algunos minutos en hosco silencio. Meditaba la propuesta del
anciano. Este por su parte no tenía ninguna prisa.
-Lo haré-dijo al fin
el notario-Decidme que he de hacer.
-Sois un hombre
valioso y decidido-habló el viejo-Por eso os hicimos llegar el libro.
Necesitamos que leáis el libro.
-El libro-repitió
Nathaniel maquinalmente, mientras recordaba el viejo borracho en la orilla del
bosque.
-Leer un libro. A
cambio de lo que siempre he deseado-dijo el notario-Aquí hay algo que no me
estáis contando.
-Sois muy listo
muchacho. En efecto, hay algo, pero os lo voy a decir igual, ya que os prometí
que no os engañaría.
Interrogante, el
joven miraba al anciano esperando que se explicase.
-Resulta que muchos
de mis amigos no se encuentran con nosotros ahora-habló el anciano- y para que
vuelvan necesito que leáis el libro. Eso es todo.
-Espero que mi vida
no corra peligro-repuso Williams-Si voy a convocar un ejército de demonios,
quiero estar a salvo.
-Ja ja-rió el viejo
Nick-No son precisamente demonios solamente, sino son grandes entre los
príncipes. Y muy peligrosos. Pero no debéis temer estando yo a vuestro lado.
Un anhelo implacable
se leía ahora en las facciones de Nathaniel, y quizá una chispa de locura en
sus ojos.
-Lo haré de
inmediato-dijo-Indicadme el procedimiento.
-Vaya-exclamó el
viejo-Ahora os mostráis bastante entusiasmado.
-No hay tiempo que
perder-respondió el notario- Ahora solo quiero disfrutar lo que prometisteis.
-Y no os importa
vuestra alma inmortal-habló el diablo, mirando divertido a Nathaniel- Acaso
deseáis arder para siempre en mi morada. No queréis ver al Padre.
-Yo creo en el aquí
y el ahora-dijo el joven-Me da igual ir al cielo o al infierno. Pero quiero
saciar mis pasiones aquí. Y como vos sabéis tengo muchas.
-Claro que sí,
muchacho. Bien dicho. Habéis decidido bien. Preferís una vida plena a un mañana
incierto. Por eso el Padre está en desventaja. Más vale pájaro en mano.
El anciano sacó el
pequeño libro negro de uno de sus bolsillos. Al notario le sorprendió ya que
suponía que el libro había quedado junto a la fogata, apagada hace varias
horas.
-Es un libro muy
poderoso-habló el diablo-Aquí lo conocen como Ars Goetia. Fue obra del rey
Salomón. Claro que esta es la versión moderna, escrita en latín por uno de mis
preferidos. Solo debéis leer todo el libro en voz alta.
Nathaniel Williams
tomó el tratado de inmediato y se puso a leer mecánicamente. Su mente estaba en
otra parte. Tal vez se pudiera creer que pensaba en su padre, o en su esposa,
pero en realidad pensaba en tres pequeñas, hermosas y gráciles jovencitas.
El notario leía
rítmicamente advocaciones, admoniciones, provocaciones, exaltaciones, ruegos y
peticiones. La lengua latina se oía terrible y hermosa. Nathaniel Williams no
perdía ni un segundo.
El viejo Nick
asentía complacido mientras el joven leía.
Lentamente pasaban
los minutos. La garganta del joven notario estaba ahora un poco ronca y parecía
que con cada oración se volvía más y más gutural su voz.
El diablo le alcanzó
un pellejo lleno de vino. El joven dudó un instante, pero después se bebió la
mitad de un solo trago.
Estaba por la mitad
del misterioso tratado. Ahora ya no leía peticiones ni nada de eso, sino que se
sucedían las blasfemias y anatemas. La cabaña resonaba con terribles ecos de
maldiciones, insultos y execraciones.
Nathaniel aún no se
había dado cuenta pero un hilo de sangre se escurría de las comisuras de sus
labios. Tal vez era por las maldiciones. Eran aterradoras. Espantosas. Seguro
que si Dios estaba mirando derramaría lágrimas por las palabras pronunciadas
por el notario.
Tal vez pasó una
hora más. Las páginas se sucedían a un ritmo constante. Nathaniel ahora
solamente tenía que leer las dos últimas páginas.
En los últimos
minutos hilos de sangre caían ahora de los ojos, nariz y oídos del notario. Las
palabras leídas retumbaban en su cuerpo y le hacían daño.
Por fin solo quedó
una última página, pero era esta la más terrible de todas. Estaba llena de
frases impronunciables que atentaban contra todo de manera tal que oírlas
significaría -para alguien menos decidido que Nathaniel- caer de rodillas y
suplicar a Dios a lágrima viva el perdón.
Medio segundo dudó
el notario, miró al diablo que estaba frente a él, y continuó la lectura, casi
gritando las palabras.
Había terminado. El
joven notario se derrumbó en el suelo, con grandes toses. Después de un
instante escupió un esputo sanguinolento.
El anciano lo miraba
con respeto.
-Excelente,
muchacho-dijo-Nadie había podido pasar de la mitad. Con semejantes blasfemias
todos se acobardaban y querían terminar el trato. Pero vos habéis demostrado
ser un hombre con las pelotas bien puestas. Debéis desear mucho a vuestras
cuñadas.
Nathaniel se sentó
en el suelo y miró fijamente al demonio.
-Ah-repuso el
diablo-Queréis vuestra parte. No os preocupéis. A estas horas vuestro padre
debe estar muerto. Y en cuanto a vuestras cuñadas, tened por seguro que os
esperan en vuestra casa, preguntándose cómo es posible que no se hayan fijado
en vos siendo tan apuesto como sois. Os prometo que ahora mismo están
revolcándose en sus camas con el coño mojado y pensando en vos.
Una tenue sonrisa
apareció en el rostro del notario.
-Habéis cumplido
bien el trato-dijo el diablo levantándose- Ahora me voy. Pero antes debo
deciros la verdad. El Padre está muy enfadado con vos. Ni penséis en la
redención. Me temo que nos veremos las caras en el infierno.
Nathaniel palideció
y miró al demonio con sorpresa.
-Libre albedrío
Nathaniel. Lo recordáis. Por supuesto que existe el infierno. Yo soy la prueba
más clara. Yo solamente os doré la píldora para que siguierais mi camino, pero
os habéis condenado vos solo. No habéis oído que el demonio es engañoso. Príncipe
de las Mentiras me llaman. Solamente os diré una cosa más. No os gustará el
infierno, querido muchacho. Es un lugar espantoso. Y pasaréis allí para
siempre.
El viejo Nick se
dirigió hacia la puerta.
-Habéis pagado un
precio terrible. Disfrutad lo que os he dado. Nos veremos pronto-dijo al abrir
la puerta, y cuando cruzaba el umbral añadió:
-En verdad os digo
que nos veremos más pronto de lo que deseáis. Adiós Nathaniel Williams.
El notario, pálido
por esta revelación, y con ojos como platos, miraba como el viejo desaparecía
en la noche.
Nathaniel Williams
se desmayó de puro terror.
A la mañana
siguiente el notario se despertó conmocionado. Se encontraba a un lado de la
fogata que había hecho. Unos pasos más allá estaba el bosquecillo de abetos que
había visto el día anterior. A su espalda estaba la gran roca donde buscó
refugio y a su derecha estaba el camino que iba hacia Plymouth.
Largos minutos trató
de entender lo que había sucedido la noche anterior, pero mientras más pensaba
en ello, más irreal le parecía. Ahora todo le parecía un sueño.
Comió un poco de
queso y pan de sus alforjas, y aún dubitativo, se dirigió hacia la casa de su
padre en Plymouth.
No bien hubo llegado
al camino, divisó un jinete que venía en su dirección. Cuando estuvo cerca,
reconoció a Smith, el criado de su padre.
Smith al reconocer
al notario detuvo su caballo de inmediato y habló.
-Noticias terribles,
señor Nathaniel. Justamente iba a buscaros a Brockton. Se trata de vuestro
padre.
-Qué ha pasado con
mi padre-gritó el notario.
-Ha muerto,
señor-habló Smith conteniendo las lágrimas. Un ataque al corazón.
Nathaniel
inmediatamente palpó el frasco de veneno que tenía en el bolsillo.
-Ha sido tan
repentino-continuó Smith-El reverendo estaba perfectamente hasta ayer, pero hoy
está muerto. Los caminos del Señor son inescrutables.
-Los caminos del
Señor-repitió mecánicamente Nathaniel mientras pensaba en otros caminos más
directos y menos piadosos.
Unos instantes
estuvo el notario poniendo en orden sus ideas. De repente su expresión cambió.
-Dadme el caballo, Smith-dijo-Lo
necesito de inmediato.
-Por supuesto,
señor-respondió el criado bajando del caballo.
Nathaniel montó con
urgencia y puso el caballo al trote.
-Pero a dónde vais
señor-gritó Smith-Plymouth queda en la otra dirección. Allí es donde está
vuestro padre.
En la cara de
Nathaniel se formó una sonrisa de placer. Los ojos le brillaban con un fuego
nunca antes visto. Por fin habló:
-Me voy a Brockton,
Smith-gritó el notario-Necesito ver urgentemente a mi familia.
El notario se alejó
al galope, dando grandes carcajadas, y se encamino a su casa en Brockton, donde
esperaban su esposa y sus cuñadas.
Dos horas después
encontraron el cadáver de Nathaniel Williams en las afueras de Brockton. Al
parecer, apremiado por una prisa inexplicable, había castigado en demasía al
caballo que le prestaran, y éste se encabritó y lo tiró de la silla, con tan
mala fortuna que la cabeza del notario golpeó con dureza las piedras del
camino. Murió en el acto. Pocos días después, en su funeral, se podía
distinguir a tres jóvenes y hermosas damitas que lloraban inconsolables la
muerte de Nathaniel Williams. Húmedas lágrimas mojaban sus caras. También se
vio en el funeral a cierto vagabundo medio borracho que cargaba un libro. Nadie
lo reconoció como amigo del notario, pero éste alego que lo conocía muy bien.
Dijo llamarse Nick.