domingo, 13 de abril de 2014

AMNESIA


Juan Cristóbal Cárdenas Carrión

¿Crees que puedas encontrar el gozo sin mentirte? ¿O quizás la felicidad consista en pequeñas porciones de alegría? En ligeros sorbos de bienestar.

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Era un sentimiento mágico poder disfrutar de las verdes hojas de los Arces Plateados en las veredas camino al supermercado de los chinos en la calle Güemes en Buenos Aires. El sentir su mano junto a la suya era un gol de dopamina. El suave sol resbalando por el horizonte; el tardo ocaso de dedos de ámbar ciñéndose en el barrio mientras pensabas si lo mejor para la cena serían patys o canelones.

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Esa tarde en el parque Rivadavia casi podías, podíamos jurar que la felicidad existía. No había necesidad de trabajar gracias a la generosidad de mis padres, lo más importante era saborear los helados que compramos, mientras acariciaba tu pelo. ¿Ese día perdonaste mi agorafobia o fobia social como preferías llamarla? De todas maneras se había curado aunque fuera solo por un día. Estábamos juntos.

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La conocí en un bar. Estaba sentado con un par de amigos (no muy íntimos, nunca confié en nadie). La saqué a bailar. Ya me había dado cuenta de ella hace unos minutos; le había clavado mi mirada. Cómo no me iban a gustar esos ojos negros, esa pinta costeña; los senos dibujándose en la blusa, las piernas largas.

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El día del accidente regresaba de la universidad, tanto tiempo me había demorado hacer la tesis, todo por los viajes, por el enamoramiento fallido. Iba superando la tristeza –la depresión como la llamaría ella- poco a poco.
Razoné que no había sido un santo ni uno de esos hombres con la claridad de pensamiento que hipnotiza a las mujeres y que hipnotiza increíblemente a la vida logrando sus objetivos de manera calmada y efectiva. No, definitivamente, irremediablemente, ese no era yo.

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Mientras bailaba le mencioné lo bonitos que eran sus ojos. Y el licor obró en mi ánimo para que me apegara osadamente a su cuerpo deseando sentir sus pechos. Quise robarle un beso. Luego a las tres de la mañana, cuando ya iban a cerrar le pregunté si podía acompañarla a su apartamento. En el camino conversé de algún hecho inocuo, pero mi corazón latía con fiereza. Me sudaban las manos. Al llegar, sin decir nada, me abalancé sobre ella y la besé. La desnudé parada y la llevé hacia la cama. Los besos en la boca me provocaban una sensación de intimidad, de estar comunicándome con esa costeña de amplio seno y ojos profundos, de reír sin necesidad de expeler sonidos.

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Esa noche perdí la paciencia contigo. Ya no soportaba eso que no sabía cómo nombrar. No lo soportaba, o quizás Buenos Aires ya me empezaba a fastidiar. Esa noche te fuiste y decidiste ya no regresar.

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Quizás el vivir el presente pueda ser esa llave escondida que nos permita si no ser felices, al menos probar de esas pequeñas cucharadas de alegría que nos regala la vida a veces.

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Al momento de acercarme al clímax las penetraciones se volvían más rápidas y menos profundas. No sé por qué , pero me vino a la mente la sensación de la textura de un pedazo de mantequilla, resbalando por mis dedos.
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Empezaba a mejorar mi ánimo, pero todavía me ponía triste cuando en un canal transmitían noticias sobre Buenos Aires. Caminaba de regreso de la universidad y sería falso decir que pensaba en ella en aquel momento.

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Yaces en el lecho junto a la bella costeña. Sabes que pronto te pedirá que te marches, pero no te importa, el placer te ha llenado de paz. Ella te dice con ese acento costeño (que es casi como comerse las eres) que no puede creer que hayas perdido la memoria, que sufras amnesia.

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El día que Juan regresó a casa, encendió la televisión y pasaron una noticia de Buenos Aires. Juan la miró sin sentir angustia, sin que exista un recuerdo que lo hiciera cambiar de canal ni poner rostro nostálgico. Ahora para él tan solo era la capital de Argentina, un país en el extremo sur del continente americano.

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Ese día nublado miraban el tiovivo en una de las esquinas del parque Rivadavia; Juan te dijo que sería una buena idea subir, tú dijiste riendo que eso era para niños. Él te dijo que qué importaba, los niños viven sin pensar en las consecuencias de nada, por qué no dejar de pensar por unos minutos. Los dos reían, una comparsa empezaba a entonar una murga con el redoblar de bombos; se acercaron para escucharlos, se sentían curiosos, alegres.