miércoles, 4 de junio de 2014

LA DAMA Y LA MÚSICA


Ramiro Aráuz
Todo comenzó una noche corriente hace aproximadamente dos meses. Basta con decir que estaba al borde de la locura o el suicidio. Pero Ella me salvó. Me dio ánimo para seguir. Para que entiendan les contaré como se sucedieron las cosas.
 Yo cené tranquilamente esa tarde y me acosté pronto. Pero a las doce de la noche me despertó el sonido de un violín. Era una melodía extraña y hermosa, cargada de fuerza. No sé por qué pero presentí que la persona que tocaba así era una mujer. Había una rara belleza en la improvisación de las notas. Nunca se repetía un compás. Intuí en la artista un alma bella y elevada. Acostado en mi camastro me imaginaba el rostro de la dama que tocaba con total maestría. Me pareció que debía ser joven para sentir tal pasión por su instrumento. También pensé que era hermosa. Al cabo de largos minutos la música cesó. Me sentí decepcionado. No pude dormir pensando en mi vecina desconocida que ocupaba la habitación de abajo.
A la noche siguiente, con ansias, esperé su música. No me defraudó. A las doce en punto comenzó una pieza totalmente nueva, pero igual de hermosa. Otra vez me sumergí en la música. La pieza actual evocaba romance, peligro y aventura. Yo me sentía transportado hacia otro mundo, mi mente volaba con la belleza de la armonía.
Ahora yo estaba totalmente seguro que la mujer que tocaba era hermosa, apasionada y de elevados ideales.
Varios días se sucedieron así. Ella tocaba a las doce en punto, y yo, temblando de emoción, la escuchaba. A veces ella tocaba por largas horas. A veces eran solamente pocos minutos. Yo ya me había hecho una imagen mental de ella. Alta, con el pelo largo y ondulado, ojos negros y labios finos. Con piel blanca y modales de reina.
Jamás me atreví a golpear su puerta. Creo que mi enfermiza timidez que me había privado de amigos, unida a la idolatría que sentía ya por ella, me negaban cualquier probabilidad de amistad.
Así que por largas semanas yo la escuché en silencio. Algunas veces, luego de escuchar composiciones realmente soberbias, yo aplaudía tímidamente. Llegué a creer que ella también presentía que tenía un oyente apasionado.
Escucharla se convirtió para mí en un ritual. Tal vez sepan ya de mi vida solitaria. Sólo en esos momentos en los que la oía, yo me sentía feliz. En esas semanas me olvidé del suicidio. Ahora tenía una razón para vivir: su música y los sentimientos puros que me inspiraba.
 Me gustaba imaginarla fría y bella, o apasionada y enérgica. Se convirtió en parte de mi existencia. Ella me ayudaba a seguir viviendo.
Pero una noche aciaga, estando yo escuchándola, y luego de una pieza extraordinaria, no pude evitar que gritos de alegría salieran de mi garganta, y cuando me di cuenta mis manos aplaudían ruidosamente cuando finalizó su música. Pocos instantes después sentí más que oí unos tímidos pasos en la entrada de mi habitación, y leves golpes en mi puerta.
Anonadado no me atreví a moverme. Los golpes se repitieron otra vez, y yo azorado ni siquiera respiraba. Por tercera vez se repitieron esos suaves golpes, seguidos de una clara voz masculina que me conminó a que abriese la puerta.
Pensé de inmediato en padres ofendidos o en maridos celosos. Tal vez mis arranques habrían hecho que la tímida, culta y delicada dama se ofendiera.
Mi miedo instintivo a las demás personas me detenía. Yo podría haber pedido disculpas a su padre o a su esposo, pero mi fobia a la gente era mayúscula. Por eso vivía solitariamente y no salía casi nunca.
Se me ocurrió que si yo no pedía disculpas por mi actitud, tal vez la dama no volvería a tocar, privándome de mi secreta ilusión, así que haciendo de tripas corazón abrí la puerta.
Cuál no sería mi sorpresa al ver en el umbral a un joven alto, con el pelo largo y ondulado, ojos negros, labios finos y maneras irreprochables. Por un instante pensé que era el hermano de mi amada.
Pero el joven era alguien totalmente diferente. Me dijo que era músico, y que le gustaba ensayar por las noches. Me dijo también que odiaba mis aplausos por que le distraían. Al preguntarle yo por su hermana o esposa se me rió en las barbas. Me tachó de loco amanerado. Me dijo que no había ninguna mujer en su departamento, y que él era el que tocaba esas exquisitas piezas musicales. En fin, ese joven de pelo largo y ojos negros me mandó al demonio.
En un instante, mis ideas sobre la mística dama de mis sueños estaban hechas pedazos por aquel bellaco. Sentí una furia inenarrable contra aquel fatuo joven que destruyó mis ilusiones de un tirón.
Yo jamás hubiera tratado de conocer a mi dama imaginaria, solo me conformaba con su música, pero ese mequetrefe me había quitado toda ilusión.
Así que, hirviendo de rabia, saqué mi puñal y lo clavé en el centro de su duro corazón, y al hacerlo lo maldije por destruir mi única razón de vivir. La dama y su música.
Mi abogado me ha pedido que escriba esto con total sinceridad, así que no he omitido nada. Pueden ustedes imaginarse mi horror al darme cuenta después de lo que había hecho. Con grandes voces alerté a los vecinos, pero era ya muy tarde para salvar al joven de pelo largo.
Los gendarmes llegaron poco después, y desde ese momento me encuentro en prisión.
Ahora estoy esperando el veredicto. En realidad me da igual. Todo en mí se ha marchitado.
Tal vez no lleguen a comprender jamás  porqué maté a ese joven. Solo les diré esto: cuando se destruye la ilusión se destruye por completo a un hombre.

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