jueves, 20 de marzo de 2014

FECAL MATTER


Juan Cristóbal Cárdenas Carrión
Hay algunas noches en que me ocurre el fenómeno que describiré a continuación. Realmente es algo muy penoso y proviene de aquellos actos-situaciones-ideas tan personales y confusas que uno nunca pensaría en revelarlas.

A veces, cuando me encuentro solo en mi apartamento, recostado en mi cama, sucede un hecho extraño. De los cuatro ángulos del techo, desde las cuatro paredes espigadas y de color de luna, surge una fuerza, una energía indescriptible que ruge de manera incontrolable. No entiendo por qué los demás vecinos del edificio no la escuchan y golpean a mi puerta para reclamar por el ruido.

Acto seguido, de las cuatro esquinas del cielorraso salen unas vigas de hierro que rodean el cuadrado que compone el techo. Las vigas tienen tornillos de acero. Y de los tornillos nacen barras que encierran mi recinto. Me veo envuelto en una jaula en estas aciagas noches.

Entonces comprendo que debo ejecutar El Ritual. Parece que el Diablo, jactándose de su malignidad oscura e inmensa como el océano, suelta por ahí, en una esquinita un cuchillo.

Las primeras noches no entendía para qué serviría el cuchillo y me la pasaba enrejado, contemplando a través de los barrotes la luna-uña ese símbolo musulmán, pero que en realidad representa a la Virgen María. Y entristecido e insomne miraba el desierto de arena azul oscura en que se convierte la ciudad cuando me ocurren estos sucesos.

Luna azul-luna amarilla, cantaba entonces, durante algunas noches, cuándo saldré de aquí-cuándo encontraré la estrella, repetía. Hasta que una noche (siempre descubro las cosas muy tarde) vi el cuchillo, lanzando sus haces plateados por toda la habitación.

Pero me faltarían algunas noches aún para saber cómo utilizar la herramienta de filo centelleante. Primero intenté cortar los barrotes, pero estos repelían al cuchillo como si ambos objetos estuvieran imantados de polaridades idénticas.  
Al fin, luego de cortar mis piernas y mis brazos creyendo que debía graficar en ellos el tatuaje lunar entendí que debía practicar este tatuaje (el cuarto creciente) en mi rostro. Debía dibujar una luna creciente en mi frente con el cuchillo. La sangre se esparcía cada noche (pero era la única forma de dormir, muy poca gente me entendería).
NOTA: Esto que acabo de escribir es demasiado personal, EVITAR MOSTRÁRSELO A GENTE QUE NO SEA DE CONFIANZA.

1 MES DESPUÉS

Fui a una terapia con un psiquiatra y él ha diagnosticado mi problema. Un caso de baja autoestima y depresión severa que degeneró en un cuadro obsesivo compulsivo. La compulsión generaba la práctica del ritual en que repasaba el dibujo de una luna creciente en mi rostro. Era un delirio.
Yo le había referido al doctor que soy publicista. Pero que en mis dos últimos trabajos había tenido que salir por las malas relaciones que no había dejado de tener con mis compañeros. Una frase que dijo el doctor se había quedado grabada en mi memoria: “En los pacientes creativos como escritores, músicos o inclusive publicistas como ud. existe una cierta resistencia a la curación, debida a que manejan una mayor gama de emociones que la que usa un profesional de un campo neutro.”


Me entristeció darme cuenta de las cicatrices que dejé en mi rostro. Pero bueno, quien ha caído en el fango no puede esperar a salir limpio, decía un amigo. Ya no realizo el ritual con el cuchillo y las cicatrices empiezan a mejorar ligeramente. Aunque soy realista, sé que nunca se borrarán.

Pero ya me siento mejor. Realicé un viaje hacia una pequeña casita que tengo en las afueras, en el páramo de la ciudad. Por la mañana el sol y el viento primaverales broncearon mi rostro. Pesqué una trucha en el río y comiendo su sabrosa  carne tomé las gotas de risperidona que el doctor me recetó y que tanto bien me han hecho.

En este momento me preparo para dormir y escucho un ruido lejano, como una orquesta, parece provenir de la ladera del cerro que se alza a un centenar de metros de la cabaña. Salgo para averiguar de dónde viene el ruido y me encamino ladera arriba. La luna ejecuta su latido. Crece-decrece, crece y decrece. Me interno en una cueva y con lámpara en mano me acerco al lugar de donde proviene el ruido. Pienso que algún campesino trasnochado se debió guarecer en la cueva durante la noche. Quizás lleva una radio y escucha la canción que ahora oigo con toda claridad: es la canción “Dancing at the ballroom”.
He llegado al lugar de donde brota la música pero no encuentro ninguna radio, ni personas, tan solo una roca ahuecada de donde caen constantemente unas gotas de agua: toj toj toj. Salto de susto cuando oigo una voz, una mujer que llama a mis espaldas.
-Señor, qué pasa- me dice- por qué se ha levantado.
Es mi vecina, una mujer de unos 70 años que tiene un rebaño de borregos.
Le digo que me levanté por el ruido que brota de la cueva pero que no encuentro la radio de la que sale el ruido. La vecina pone rostro circunspecto, no escucho ningún ruido, dice, y se aleja entre los arbustos.
Es fatal –pienso- mientras regreso a mi cabaña, recuerdo la certeza que tenía de niño de que todas las noches un duende se subía a la cama para contarme historias al oído.
Es fatal, entiendo, al darme cuenta de que una emisora no puede estar transmitiendo durante dos horas la misma canción de 7 minutos.
Es trágico, pienso, lo mejor es acabar con esta radio averiada, comprendo.
Me siento un momento junto a la mesa del comedor y en medio de mi tristeza descubro un pedazo de excremento de paloma que se ha secado en la mesa, a escasos centímetros del plato donde yacen los pedazos de pan.
No encuentro una salida de este laberinto en que se ha convertido mi suerte.
Agarro un destornillador y raspo el excremento seco. “Materia fecal”, pienso, y la palabra me retrotrae al nombre del primer demo de Nirvana, Fecal Matter en inglés, recuerdo. En mi adolescencia oía mucho a Nirvana y me gustaba esa irreverencia punk, ese quemimportismo por lo que pensaran los demás.
Esa era la clave. Definitivamente yo no era una radio averiada, en cinco segundos recordaba que lo que piensen los demás importaba un rábano. Inclusive las cosas que yo pensaba y que no me favorecían comenzaban a dejar de tener esa fuerza inconmovible. Podían nacer más sueños como el brotar de una semilla de rosa dentro de un cubo de acero que se rompe por la presión de un anhelo.

Y sí, logré conseguir un trabajo donde me daban una buena paga y me llevaba bien con mis compañeros. También mejoré de mi depresión y encontré fulgores donde antes solo había vislumbrado brumas.

EL RITO


Ramiro Aráuz
El gran día ha llegado. Por fin me han aceptado. En pocas horas más seré miembro del último grado de la Hermandad de la Rosa Dorada. Mi ceremonia de iniciación tendrá lugar en el sótano de F………
Estoy nervioso y tengo miedo. Mis hermanos no me han dicho ni una sola palabra sobre el ritual de iniciación.
Estoy encerrado en un cuarto oscuro. Me han pedido que me despoje de mis ropas. Tengo frío.
Creo oír murmullos ininteligibles. Mis hermanos ya han comenzado con la ceremonia. La puerta de mi estancia se abre y entra un hermano vestido como arlequín. Su cara está velada por un antifaz.
Me ordena que lo siga en silencio. Caminamos por un largo  y oscuro pasillo. La fría y dura piedra hiere mis pies desnudos.
Llegamos a una sala grande. Toda la hermandad está reunida. Visten amplias túnicas negras, y las capuchas ocultan sus facciones.
En el centro de la sala hay muchas velas, dispuestas en círculo.  Distingo a cuatro figuras vestidas de forma diferente, junto a las velas.
Mi desnudez me hace humilde. No oculto mis atributos, pues el hombre es un ser perfecto.
El arlequín que me ha guiado se une a las cuatro figuras. Los miro a todos y creo reconocer en esos cinco a los más importantes príncipes y soberanos de la hermandad.
Las cinco figuras frente a mí usan disfraces. El arlequín, el papa, el diablo, el caballero y el rey. La simbología está muy clara para mí.
El papa se acerca con una gruesa tela negra con la cual cubre mi rostro. Alguien me ata las manos a la espalda.
Una voz autoritaria y fría dice que la ceremonia se llevará a cabo en la sala del capítulo. Oigo los pasos de mis hermanos que se alejan. Con rudeza me empujan y me exigen que avance. Tropiezo y caigo constantemente. He llegado a unas escaleras. Desciendo lentamente las gradas de una en una, pero un fuerte brazo me empuja y caigo.
He estado a punto de gritar, pero me he reprimido a tiempo. Sigo la orden que me dio el arlequín cuando fue a buscarme. La del silencio.
He llegado a una estancia alfombrada, la percibo con mis pies desnudos. Me han dejado en esa sala. Por largo tiempo no percibo un solo ruido. Mis manos atadas y la venda sobre mis ojos me causan cierta inquietud, pero nada digo. Ni siquiera me muevo.
El tiempo pasa muy lento. Pareciera que llevo horas de pie en la sala. Pero no me traiciono con ningún gesto, pues sé que me observan atentamente, esperando ver algún signo de debilidad.
De pronto siento un fuerte golpe en el costado, luego otro más fuerte aún en las piernas. Entonces me llueven los golpes por todas partes, golpes fortísimos. Pero no me muevo. Aguanto ese vendaval estoicamente. La carne es débil pero la mente es eterna.
Han dejado de golpearme. Siento un secreto alivio.
Oigo una voz cargada de odio  frente a mí. Me grita insultos y reproches, no todos falsos e inmerecidos. Se burla de mis maneras y mi carácter, de mi padre y de mi madre, de todo lo que yo aprecio y valoro. Pero nada digo. La vergüenza y el rubor corroen mi alma, pero mi cuerpo no demuestra ningún signo de emoción.
Esta prueba ha sido dura. No es grato verse humillado delante de decenas de personas.
La voz se ha detenido. Mi corazón martilla fuertemente contra mi pecho debido a la incertidumbre. Me pregunto qué me aguarda ahora.
Otra vez reina un silencio sepulcral. Mi cuerpo me duele pero no lo demuestro. Debo ser digno.
Oigo con claridad que se desenvaina una espada, y poco después siento su frío filo en mi pecho.
Una voz terrible me exige que me retracte. Me dice que no continúe, que no estoy preparado. Nada digo.
El filo de la espada empieza a recorrer mi pecho, con crueldad, mientras la voz, más dura y terrible que antes, amenaza con matarme. La espada recorre con su frío filo mi pecho desprotegido, hiriéndome cada vez más. Estoy a punto de rendirme.
Abro la boca para gritar, pero algo me detiene.
Me detiene una risa. La risa de los hermanos que están presentes en la ceremonia. Es una risa hiriente. Mis hermanos se burlan de mi debilidad, de mi dolor. Piensan que no merezco el honor que ellos comparten.
Aprieto los dientes. No voy a rendirme. No ahora.
Ahora ya no siento las caricias de la espada en mi carne.
Por fin retiran el arma. Me ordenan que avance. Han desatado mis manos, pero sigo con los ojos vendados.
Me exigen que me recueste. Lo hago de inmediato.
Una superficie lisa y fría recibe mi cuerpo. Creo percibir el mármol.
Una voz grave y pausada me demanda que abra mi alma y mi mente a los hermanos. Me pide que les cuente todos mis secretos, sean estos terribles o risibles, me conmina a hablarles sobre mis deseos y pasiones, me exige que desvele lo que no sabe nadie más que yo y el Creador.
Terrible prueba esta.
La vergüenza y el miedo me inundan. Pese a estar desnudo, la que se estremece de temor es mi alma. Mucho me piden mis hermanos. Todo me piden mis hermanos. Alto precio debo pagar para encontrar el Gran Arcano.
Lentamente, con voz clara, voy desgranando mi ser. Todo lo que alguna vez he pensado, he sentido, he hecho, todo lo digo. Por momentos, terribles secretos se quedaban atascados en mi garganta, secretos que también concernían a algunos de los hermanos aquí reunidos.
La vergüenza y el dolor me han arrancado lágrimas. Todo lo he dicho. No me he guardado nada para mí. Ahora mis hermanos me conocen más que yo mismo.
Ahora me ordenan que me levante. Me quitan la tela que cubría mis ojos. El que sepa ver que mire y vea.
Los cinco hermanos se me acercan. El caballero me da su espada. El papa me alcanza su báculo. El rey me entrega su corona, el arlequín me pone su capa y el diablo me da dos besos en cada mejilla.
Miro la estancia en donde me encuentro. Distingo en la penumbra a Jano. La rosa brilla en todas partes. En el centro de la sala se encuentran los tres pilares. Pintados en el cielo raso están nuestras constelaciones. El búho está en un rincón, a un lado de la pirámide. Nuestros números fulguran a un lado. La alfombra está compuesta por cuadrados blancos y negros. El velo de Isis se mece grávidamente. Nuestras letras son visibles. Nuestra estrella arde al fondo del salón, y nuestro sello nos rodea.
Mis hermanos se me acercan y me dan el saludo ritual, el saludo del león.
Mi nombre ritual ha cambiado. Ahora he pasado a ser el Custodio de la Copa de Horus.
Un hermano me entrega un ropaje blanco, lleno de rosas doradas. Me lo pongo, para ocultar mi desnudez, pero aún conservo la capa, la espada, el báculo y la corona.
Los cinco hermanos disfrazados se despojan de los antifaces y los reconozco.
El Soberano de Egipto, el Príncipe de Oriente, el Comendador de Jerusalén, el Gran Maestro de Hermes Toth y el Guardián de las Llaves de Osiris.
Me siento honrado ya que solamente están presentes los cinco grandes maestros en rituales de suma importancia. Mi humildad me impulsa a preguntarles que hacían en mi elevación.
Solamente sonríen. Sus ancianos y sabios rostros están impregnados de conocimiento. Me hacen una seña. El corazón palpita en mi pecho. El Guardián de Las llaves de Osiris levanta el velo de Isis. Me invita a pasar el umbral. Con temor lo hago. Miro alrededor. Esta estancia es mucho más grande. Miro sonriente a mis maestros. En silencio asienten. Palabras sagradas de poder decoran la estancia. Todo ha valido la pena. Por fin lo he conseguido. El conocimiento imperecedero.

EL ESPEJO


Ramiro Aráuz
Siento una sensación extraña siempre que me miro al espejo. Es como si la persona reflejada no fuera yo sino alguien diferente tratando de imitar mis gestos y maneras. A veces he sorprendido al “otro” como he dado en llamarlo, mirándome de tal forma que se erizaban mis cabellos. Otras veces he descubierto una fría y retorcida sonrisa en su rostro.
Algunos piensan que estoy loco ya que cometí la estupidez de contarles mis aprensiones a algunos amigos. Ahora me miran temerosos.
Pero el “otro” no cesa de acecharme. Cuando me afeito por las mañanas encuentro su negra y helada mirada fija en mí.
Para mi desgraciada suerte hay un espejo inmenso en mi dormitorio  justo a un lado de mi cama. Incontables veces he tratado de cubrirlo con una gruesa tela pero siempre que me acerco distingo al “otro” que me mira amenazadoramente con una mueca horrible que parece una sonrisa y ojos como el fuego del infierno. Nunca he logrado tapar el maldito espejo.
Casi no duermo en las noches. Los malditos espejos me tienen obsesionado. Empiezan a afectarme también en mi trabajo, ya que algunas veces creí percibir al “otro” mirándome malignamente desde el gran espejo frente a la sala de audiencias.
Me he quedado sin amigos. Era de suponer ya que cada vez que venían a mi casa sus visitas eran más y más cortas.
Sin embargo el más fiel de mis amigos, al llegar a mi casa una noche, y luego de hablar por varias horas me indicó su preocupación por lo que él llamó mi alucinación, debida, según él, al exceso de trabajo.
Lo admito, perdí el control y lo llevé frente al espejo de mi dormitorio. Con gritos destemplados lo conminé a que mirase la imagen reflejada y me jurase que era yo.
Miré mi reflejo. El “otro” mostraba una sonrisa retorcida que parecía una mueca y ojos como el hielo del averno. De pronto el “otro” lanzó una serie de horribles carcajadas observándome  fijamente.
Impotente y corroído por el miedo miré a mi amigo. El más fiel, el más querido, mi único amigo.
Únicamente me miró tristemente y salió de mi casa. Jamás lo volví a ver.
Largas horas medité en la oscuridad. Aunque me parece que fueron días o semanas. No me atrevía a prender la luz y todo lo hacía en la penumbra.
Siento que corro por el borde de un abismo, con la locura total a un lado y la muerte en el otro.
 Solo me queda una solución. Voy a destruir los espejos.
Nota: he publicado esta corta nota justo como la encontré en casa de mi amigo T. E, para disipar dudas sobre su muerte. La nota estaba escrita con letra vacilante y casi ilegible. Luego de mi última visita a la casa de T. E. estuve sin noticias suyas por dos semanas, pero amigos comunes me informaron que por varios días no compraba víveres ni asistía al trabajo (en la corte de justicia) por lo que, temiendo algún suicidio acudí a la policía. Entramos a su casa con dos agentes. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto. Encontramos el cuerpo de T. en su dormitorio horriblemente decapitado y su cabeza la descubrimos sobre la mesa de la sala de estar. Los agentes buscaron algún lugar por donde pudiera entrar y salir el asesino, ya que hablar de suicidio era imposible, pero no encontraron nada. Ni puertas ni ventanas habían sido forzadas y no había absolutamente ningún lugar por donde alguien pudiera entrar. Además no había rastros de sangre pese a la decapitación. Luego de varios días de investigación el caso se archivó como no resuelto.
Pero hay algo extraño, algo que me perseguirá por el resto  de mis días. El gran espejo que estaba en la habitación de T. E. y frente al cual le dirigí mi triste mirada como narra en su nota ya no se encontraba allí cuando llegamos con la policía, y no encontramos ninguno de los demás espejos en su casa. Ni siquiera en la basura. Ahora la duda y la angustia corroen mi alma.  Ya no me atrevo a mirarme en un espejo. Temo encontrar uno de estos días un gran espejo a un lado de mi cama. Perdóname mi querido amigo, mi único amigo por haber sido tan ciego.

domingo, 16 de marzo de 2014

NOSOTROS NO SEMBRAMOS


Ramiro Arauz
Lo que dicen de nosotros es verdad. Nosotros no sembramos. Puedo ver a mi alrededor las huellas del fuego y los maltrechos cadáveres ennegrecidos de mis enemigos. Oigo sus cabañas incendiadas derrumbarse en medio de graves crujidos. Me llega el olor de la carne quemada y la sangre, del miedo y de la ira. Nadie ha quedado vivo, ni siquiera los niños.
Lentamente el fuego se apaga. El frío viento eleva las cenizas y hace irrespirable la atmósfera. No siento dolor. Ya no.
Nosotros no sembramos, nosotros cosechamos. Cosechamos sangre y fuego, cosechamos muerte y gloria, odio y riquezas.
Todos mis compañeros han muerto. Creo percibir a cierta distancia el cadáver de mi hermano. Me alegro por él, ha muerto como se debe morir, con la espada en la mano.
Ver a mi hermano me ha despertado algunos recuerdos que juzgué perdidos. Recuerdos de Heligoland, nuestra isla, recuerdos de mi padre, de mi casa.
Todas las personas nos creen demonios, todas sin excepción. Pero somos hombres. Simplemente hombres. También tenemos miedo. Cuando salimos a las batallas siempre veo el temor en cada uno de los rostros de mis compañeros y percibo el mío propio. Pero como decía mi padre, el temor nos hace valientes.
Me pregunto si he sido digno. Si hemos sido dignos. Tal vez mis compañeros se encuentren ya celebrando en las inmensas estancias con grandes jarras de hidromiel e incontables jabalíes.  Tal vez cabalguen ya junto al espléndido corcel de ocho patas y su jinete y atraviesen el puente del arco iris. Quizás están admirando el gran martillo y los terribles ojos rojos de su propietario.
Varias horas han pasado, el fuego se ha apagado. Me es imposible moverme. Mi gran melena y mi barba se han quemado así como la mitad de mi cuerpo. La espera es insoportable y la muerte no llega.
Ya es de noche y miro las estrellas. La herida en mi pecho sigue sangrando.
De nada me sirve mi enorme fuerza y mi altura. Me siento impotente. El guerrero más fiero de Heligoland atrapado en medio de un montón de escombros aún humeantes e inamovibles.
A mi lado yace el hombre que es el causante de mi situación. Valiente, debo decir. Me tomó largo tiempo despacharlo, y cuando lo hice toda la cabaña incendiada se desplomó sobre mi cabeza.
Mi hermano intentó ayudarme pero tuvo que enfrentarse a varios guerreros igual de formidables que él. Así fue como cayó, con la espada en la mano y matándolos a todos.
Nosotros no sembramos. Nuestros propios compatriotas nos temen. Nos llaman berserkers.
Añoro el dardo afilado de la muerte, pero se niega a venir. Tal vez ofendí a los dioses.

sábado, 15 de marzo de 2014

EL VIEJO NICK

Ramiro Arauz
Un viajero descendía lentamente la colina. Se detuvo un momento y observó el paisaje. A lo lejos se distinguía la silueta del pueblo de Plymouth, junto a la costa. El caminante apresuró el paso ya que aún le faltaban muchas millas para llegar a su destino.
El viajero usaba un traje de fieltro negro, y zapatos del mismo color, común a todos los descendientes de los puritanos de Nueva Inglaterra. Un sombrero, negro y de alas anchas, con una hebilla de plata, completaba el conjunto. Era un hombre joven, de no más de treinta años. Las facciones regulares, el pelo rubio muy corto, los ojos azules e inquietos y un bigotillo ralo le daban cierto aire de presbítero.
La luz del día se extinguía ya y el caminante se resignó a dormir a la intemperie, pues lejos aún quedaban las cálidas posadas de Plymouth, y un poco más lejos aún, cierta casa a la que pensaba ir.
El hombre se apartó un tanto del camino para buscar algún refugio contra el viento, y lo encontró junto a una gran roca que prometía buen resguardo. A pocos pasos de la roca comenzaba un pequeño bosquecillo de abetos. Entonces comenzó a recoger leña en los alrededores. Después de algunos minutos ya tenía una buena cantidad de madera seca. Sacó su pedernal y encendió un fuego.
Ya era noche cerrada. El viajero sacó un hermoso pan de color dorado de una de sus alforjas y empezó a comer. No tenía miedo de la oscuridad ni de los bandidos, pero sí de los indios. Los wampanoag habían demostrado con creces ser buenos anfitriones, sobre todo con los primeros peregrinos del Mayflower, pero habían pasado más de siete décadas desde entonces. Ahora los indios eran huraños, desconfiados, astutos. Los blancos nos quitaron las tierras con engaños, decían, y ahora vivimos en la miseria. Algunos indios viejos aún recordaban la época anterior a la llegada de los blancos, época de abundancia, decían. Por eso todos los colonos con una granja que cuidar estaban obligados a tener armas, para la defensa. No hace mucho, en la colonia de Jamestown, un grupo de indios borrachos y descontentos entró a la granja de Jonnah Stackpole y asesinó a todos, no sin antes haber violado a la esposa e hijas de Stackpole. Claro que algunos días después los indios habían sido capturados y ajusticiados por orden de Motiua, el jefe de clan, para congraciarse con los colonos.
En esto pensaba el viajero mientras comía mirando al fuego. Un silencio sepulcral se extendía ahora, solamente interrumpido por un búho ocasional.
El caminante arrojó más leña al fuego y se dispuso a dormir, pero un ruido de ramas y hojas rotas proveniente del bosque cercano lo sobresaltó.
Una forma negra y alta se acercaba tambaleante hacia la fogata. El viajero solamente se quedó paralizado en su sitio sin saber qué hacer. De repente la sombra negra pronunció unas palabras con voz cascada.
-Perdonad hermano, pero me estoy congelando.
-Acercaos a fuego, hermano-habló el viajero- La noche está muy fría y estamos lejos de Plymouth.
La sombra se aproximó al fuego y se sentó muy cerca del viajero. Solamente es un viejo, pensó el caminante, mientras contemplaba a la sombra sentarse.
Era, en efecto, un viejo decrépito, con ropas hechas harapos, sin sombrero, y una barba enmarañada en su rostro. Además apestaba a alcohol.
El viajero torció el gesto. No se toleraban a los bebedores entre los puritanos, y él era un puritano estricto. El viejo advirtió su mirada de desaprobación y rechazo y se alejó un poco del caminante.
Sin decir palabra el caminante le dio al viejo la mitad de su dorado pan. Es proverbial la generosidad de los puritanos.
El viejo agradeció con una mueca desdentada y una inclinación.
-Muchas gracias hermano. El pan está exquisito- dijo a cabo de unos momentos.
-Lo horneó mi esposa esta mañana-respondió el viajero.
-¿Cómo os llamáis?-preguntó el viejo.
-Nathaniel Williams –respondió el caminante.
-Acaso sois presbítero?-siguió el viejo.
-No. Soy el notario de Brockton.
-Y qué hacéis por aquí y a estas horas- continuó el viejo.
-Viajo a Plymouth por negocios. Y vos, qué os trae por aquí.
-Me dirijo a Nueva Hampshire-dijo el viejo- Tengo algunos amigos que me esperan ahí. Me llamo John Dark.
-Es un viaje largo, John Dark.
-Así es Nathaniel Williams. Pero decidme, no tendréis en esos amplios bolsillos una pinta de vino porque muero de sed.
-El vino está prohibido para todo buen cristiano, Dark. Yo jamás lo he probado.
-En serio. Pues debéis tener una vida muy aburrida en Brockton.
Nathaniel Williams no contestó. Se limitó a mirar al viejo borracho con expresión severa.
-No os juzgo Dark, eso corresponde a Dios. Pero debéis saber que vivís en pecado.
El viejo lo miró con una extraña sonrisa.
-Me parece que sois un hombre virtuoso-dijo John Dark.
-Solamente sigo las reglas de nuestra fe al pie de la letra. Pero al parecer vos estáis alejado del Señor.
-No me interesa hablar de religión Nathaniel Williams-dijo el viejo-Dios no existe. Mejor compartid vuestra comida conmigo.
Williams movió la cabeza resignado. No le gustaba el viejo, pero era su deber compartir su comida.
-Compartiremos la comida, pero en silencio- habló el hombre más joven, mientras entregaba un pedazo de queso al viejo- No quiero oír vuestras herejías.
Después de varios minutos, el viejo lanzó un sonoro eructo.
-Excelente, Nathaniel- dijo- Vuestra esposa cocina de maravilla.
Williams no respondió. Sacó su biblia de uno de sus amplios bolsillos y se puso a leer algunos pasajes para dar las gracias.
El viejo no se unió a los rezos. Solamente miraba a Nathaniel Williams fijamente. Luego se preparó un lecho con hojas secas cerca del fuego y se acostó, dándole la espalda a Nathaniel Williams.
El joven notario estaba cada vez más indignado con el viejo. Ni siquiera le había dado las gracias. Después de unos instantes, también se preparó para dormir.
-Casi lo olvido- dijo el viejo medio incorporándose de su lecho- Esto es para vos- y arrojó un libro a los pies de Williams, que lo miraba interrogante.
-Lo encontré hace poco, en el cadáver de un indio viejo. Lo habían devorado los lobos en el bosque. Os lo regalo. Yo no lo puedo leer.
Y sin decir nada más se acostó, y poco tiempo después grandes ronquidos proclamaban su sueño etílico.
Nathaniel Williams tomó el libro sorprendido. No tenía nada de especial. Era como cualquier otro libro. Lo hojeó un poco, pero estaba muy cansado. Los ojos se le cerraban y no entendía nada de lo que leía.
Al fin el sueño lo venció y Nathaniel se durmió, pero antes de caer vencido sintió que había cometido un error al hablar con el viejo.


Un frío glacial despertó al joven notario. Se incorporó aturdido de su lecho de hojas y descubrió que la hoguera se había apagado. Buscó al viejo que había dormido junto al fuego, pero no lo distinguía. La oscuridad era total. Probó llamándolo varias veces pero nadie respondía. No se distinguía ni una sola estrella en el cielo. Calculó que todavía debía ser cerca de medianoche.
Buscó su pedernal para encender unos cuantos leños, pero de pronto divisó una vacilante luz, que se adentraba en el bosque. Sorprendido, Nathaniel Williams se levantó y la siguió por un trecho. Por momentos la luz se desvanecía, pero al cabo de un rato volvía a aparecer. Así continuó por algunos minutos, tropezando en la oscuridad y en busca de la luz. El joven notario se adentraba cada vez más en el bosque, y parecía no darse cuenta.
Por fin, junto a una profunda quebrada creyó distinguir una cabaña tenuemente iluminada.
Confuso por encontrar una cabaña en medio del bosque se aproximó a la edificación. Un tenue resplandor se escapaba por debajo de la puerta y las ventanas de la cabaña.  Parecía una construcción sólida, sin nada digno de mención, excepto por la puerta. Era ésta de una madera muy negra y pesada, y tenía un picaporte bastante extraño. Era la cara de un demonio.
Nathaniel Williams dudó un instante al ver el picaporte, pero en ese momento los aullidos de varios lobos sonaron con fuerza en el bosque.
El miedo lo impulsó a entrar a la cabaña.
Tomó el picaporte para golpear la puerta, y se sorprendió de lo caliente que estaba el metal. Largo tiempo golpeó la puerta con el picaporte, pero nadie salía a abrirle. El notario se aproximó a una de las ventanas para ver si distinguía algo, pero alguna cosa ocultaba la estancia, una especie de sombra negra y grande.
Volvió a la puerta, y se dispuso a llamar con más fuerza.
En ese mismo instante la puerta se abrió y apareció un anciano de rostro bondadoso.
-Pasad Nathaniel. Sed bienvenido a nuestra morada.
El notario estaba muy asombrado, y hasta un poco asustado al oír que el anciano le conocía. Entró en la estancia.
 -¿Cómo es que sabéis mi nombre?-preguntó Nathaniel.
-Cualquiera en cuarenta millas a la redonda os conoce, Nathaniel Williams, notario de Brockton-respondió el viejo afablemente.
El viejo lo guió por la estancia y lo condujo a una silla ubicada al lado del hogar.
El joven notario observó la habitación. Era bastante amplia, con algunos muebles viejos y varias cajas por el suelo. Se sentó en la silla junto al hogar. No se sentía a gusto con el viejo y eso lo intranquilizaba. Además una cabaña en medio del bosque…..
-No tengáis miedo-habló el viejo, leyéndole el pensamiento- Siempre hemos vivido aquí, desde la época del Mayflower. Nos gusta la paz del bosque.
-¿Quién más vive aquí?-preguntó Williams.
-Muchos, pero no están ahora-respondió el viejo-¿Habéis seguido nuestra luz?
-He seguido una luz que me ha guiado hasta aquí.
-Nosotros os la hemos enviado-dijo el anciano.
-¿Por qué?
-Queríamos conoceros.
-¿Quién sois?-preguntó Nathaniel, con temor.
-Os he dicho que no debéis temernos. Más bien, al contrario, creo que después agradeceréis habernos conocido. Me llaman viejo Nick-terminó el anciano.
-Nick-repuso el notario- A secas, sin apellido.
-Soy Nick. Siempre he tenido sólo un nombre. Pero podéis decirme Nick Black si os apetece.
-Nick Black-repitió Nathaniel.
El viejo de rostro bondadoso situó una silla frente a la del notario y se sentó.
-Os hemos observado, Nathaniel Williams-dijo el anciano mirándolo fijamente- Todos os conocen por ser un hombre intachable, de una familia irreprochable, y sin embargo………….
-¿Y sin embargo qué?-preguntó el notario.
-Sin embargo nosotros sabemos. Nosotros siempre sabemos.
-¿Qué es lo que sabéis?-dijo Nathaniel Williams arrogante- Yo sigo el camino del señor. Soy una persona decente. Jamás he probado una gota de alcohol. Soy un hombre íntegro.
-Eso es lo que todos piensan-continuó el viejo- Pero ellos no os conocen como yo.
-¿Qué queréis decir?-repuso el notario algo amoscado.
-Yo sé lo que pensáis. Se lo que le hacéis a vuestra esposa todas las noches en la cama. Sé que os gusta eso, aunque a ella le repugne.
Nathaniel Williams se ruborizó de inmediato. El viejo le miraba sonriente. El notario comenzó a balbucear.
-Yo……..yo no…………
-Tranquilo Nathaniel. No os estoy juzgando.
-Pero….cómo………
-Simplemente lo sé. Sé además cómo miráis a las hermanas de vuestra esposa. Aún son unas niñas muy jóvenes, verdad. Esos pensamientos que tenéis con ellas no son nada buenos, Nathaniel.
Parecía que el notario estaba a punto de tener un ataque al corazón. Su rostro se puso lívido y no respiraba.
-Tranquilo hijo, os repito que no os juzgo. Además son unas niñas muy hermosas. Sé que pensáis en ellas mientras se la claváis por atrás a vuestra esposa. También sé que habéis intentado seducir a la mayor, creo que se llama Mary. Pero debo deciros que esos torpes intentos de seducción me daban risa. Mary ni se daba cuenta cuando vos os frotábais contra ella. Aún no entiende de estas cosas.
Nathaniel estaba más allá del asombro. Totalmente anonadado miraba al viejo.
-Pero lo más risible de todo eso es lo que pasó con Alice. ¿Lo recordáis? ¿No? Pues yo sí. Alice se enfermó y vos convencisteis a vuestra esposa de que la podría cuidar mejor en vuestra cama. Así que la tonta de vuestra mujer colocó a Alice en vuestra cama, y la puso en medio de los dos, ya que vos también la quisisteis cuidar. Y vaya que la cuidasteis. ¿Ya lo recordáis? Desvelado de miedo y anhelo esperasteis en vela varias horas a que todos se durmieran, y poco a poco vuestra mano se dirigía con movimientos lentísimos hacia la húmeda entrepierna de Alice. Y claro que estaba húmeda, como os gusta. Vuestros dedos tantearon todo el grácil cuerpo de Alice mientras ella gemía de placer diríais vos, o tal vez de dolor y se debatía en la fiebre. Esa noche estabais tan excitado que aun no entiendo por qué milagro no la penetrasteis. Si mal no recuerdo también la lamisteis y la besasteis……
-Basta, por favor, deteneos……….-Nathaniel Williams tenía la cabeza gacha, y las manos en su cara. Gruesas lágrimas resbalaban por sus ojos- Es que son tan hermosas. Las tres. Mary, Alice y Ana. Yo las amo pero nadie lo comprendería-continuó.
-Pero que os he dicho-habló el viejo- Yo os entiendo. No estoy aquí para juzgaros.
El notario no paraba de llorar.
-¿Qué queréis?-imploró Nathaniel.
-Aún no he terminado-dijo el viejo-Queréis que sigamos hablando de vuestras pequeñas cuñadas, y las maneras que se os ocurren para tocarlas, o pasamos a otro tema.
-No, por favor, no.
-Otro tema entonces-habló el anciano, con su voz afable.
-Oh, Dios, no-suplicó el joven notario.
-Dios no está aquí, solo yo-se burló el viejo- Hablemos ahora de lo que pensáis sobre vuestro padre, el reverendo Jim Williams.
-¿Quién sois?¿Qué sois?-gritó Nathaniel.
-Si aún no lo sabéis entonces sois torpe.
Nathaniel Williams se irguió en la silla y miró con profundo terror al viejo. El anciano solamente asintió sonriendo.
-Continuemos-siguió el viejo- Vuestro padre el reverendo Jim. Es un hombre muy rico, verdad. Y vos sois su único hijo. Si él muriera su vasta hacienda pasaría a vos, y podríais ser rico. Y siendo rico se incrementarían las probabilidades de que vuestras pequeñas cuñadas se queden con vos, ¿verdad?. Si sois rico podéis elegir para ellas maridos de acuerdo a su posición, pero siendo jefe del hogar a nadie extrañaría que no encontrarais a ningún varón digno de vuestros pequeños tesoros. Por lo tanto todo el mundo diría que sois un hombre muy celoso de vuestra familia, y nunca sospecharían que las queréis para vos solo.
El notario miraba aterrorizado al viejo, sin pestañear.
-Y qué es lo que os dijo vuestro padre en una carta reciente-prosiguió el anciano- Acaso que había encontrado un excelente esposo para Mary y que esperaba no sé qué formalidad legal para darle a ese suertudo hombre a vuestra Mary como esposa. Y eso no es todo. Ya que vuestras pequeñas cuñadas son huérfanas, ese maldito suertudo se iba a llevar a las tres.
Un ronco sonido ahogado salía de la garganta contraída de Nathaniel Williams.
-Qué es lo que lleváis en vuestro bolsillo izquierdo-continuó el viejo- No es, por casualidad algún potente veneno comprado a precio de oro y con total secreto en New Hampshire, y del cual se dice que no deja rastro.¿ Acaso no viajáis hacia la casa de vuestro padre en las afueras de Plymouth?. ¿Y no planeáis poner el veneno en la taza de café de vuestro anciano progenitor?
El joven notario se levantó de inmediato de su silla y se encaminó corriendo a la puerta, pero en su prisa tropezó con unas cuantas cajas que estaban en el suelo y cayó cuan largo era. Se incorporó lentamente, temblando como un poseso.
El anciano no hizo ningún movimiento, sino miró al notario con expresión amable.
-Sentaos hijo-dijo el viejo-No pretendo haceros daño. Solamente os propondré un trato.
-¿Qué trato?-habló Williams aun temblando.
-Uno que creo que os satisfará de inmediato. Pero sentaos.
El joven, dudando, se acercó a su silla y se sentó en el borde.
-Realmente sois el diablo-dijo.
-Así es, mi querido Nathaniel. Pero no debéis tener miedo. Todo lo que habéis oído de mí es falso. Yo solamente les doy a las personas útiles, como vos, todo lo que desea su corazón, a cambio de un pequeñísimo precio.
-Y qué precio sería ese-preguntó el notario.
-El precio siempre varía, pero en vuestro caso será una nadería, muchacho.
Nathaniel Williams meditó durante algunos instantes. Nada se podía leer en sus facciones, pues parecían talladas en roca. Después de unos instantes el joven continuó.
-¿Me daríais todo lo que os pidiera?
-No necesitáis ni decirlo porque yo ya lo conozco.
-Pero tendré que pagar un precio-continuó Nathaniel.
-Una pequeñez, una tontería.
-Y ¿qué hay del más allá? Del paraíso, del infierno, de la otra vida-preguntó el notario.
-En eso no os puedo ayudar. Tenéis que decidir vos solo. Si creéis que seréis feliz en el cielo, entonces haced méritos para ir a él. Pero si no creéis en eso entonces da igual que os condenéis. Pero decidme, os parece lógico que por gozar de un pequeño pecadillo como por ejemplo la lujuria, os condenéis para toda la eternidad. Por qué el Padre os daría instintos si no quisiera que los uséis.
El joven escuchaba lo que le decía el anciano atentamente, pero su cara seguía sin mostrar signos de emoción.
-Esta es la única regla muchacho-habló el viejo-Libre albedrío. Yo solamente os muestro lo que puedo daros. No hay trucos por mi parte. Pero sois vos el que elegís si creéis en eso de la condenación y salvación eternas. Yo os hablo del aquí y el ahora, no de un premio difuso e inalcanzable en la otra vida sino de una recompensa inmediata. Sed feliz aquí. Recordad que más vale pájaro en mano. Y yo tengo el pájaro y os lo quiero dar.
Nathaniel Williams permaneció algunos minutos en hosco silencio. Meditaba la propuesta del anciano. Este por su parte no tenía ninguna prisa.
-Lo haré-dijo al fin el notario-Decidme que he de hacer.
-Sois un hombre valioso y decidido-habló el viejo-Por eso os hicimos llegar el libro. Necesitamos que leáis el libro.
-El libro-repitió Nathaniel maquinalmente, mientras recordaba el viejo borracho en la orilla del bosque.
-Leer un libro. A cambio de lo que siempre he deseado-dijo el notario-Aquí hay algo que no me estáis contando.
-Sois muy listo muchacho. En efecto, hay algo, pero os lo voy a decir igual, ya que os prometí que no os engañaría.
Interrogante, el joven miraba al anciano esperando que se explicase.
-Resulta que muchos de mis amigos no se encuentran con nosotros ahora-habló el anciano- y para que vuelvan necesito que leáis el libro. Eso es todo.
-Espero que mi vida no corra peligro-repuso Williams-Si voy a convocar un ejército de demonios, quiero estar a salvo.
-Ja ja-rió el viejo Nick-No son precisamente demonios solamente, sino son grandes entre los príncipes. Y muy peligrosos. Pero no debéis temer estando yo a vuestro lado.
Un anhelo implacable se leía ahora en las facciones de Nathaniel, y quizá una chispa de locura en sus ojos.
-Lo haré de inmediato-dijo-Indicadme el procedimiento.
-Vaya-exclamó el viejo-Ahora os mostráis bastante entusiasmado.
-No hay tiempo que perder-respondió el notario- Ahora solo quiero disfrutar lo que prometisteis.
-Y no os importa vuestra alma inmortal-habló el diablo, mirando divertido a Nathaniel- Acaso deseáis arder para siempre en mi morada. No queréis ver al Padre.
-Yo creo en el aquí y el ahora-dijo el joven-Me da igual ir al cielo o al infierno. Pero quiero saciar mis pasiones aquí. Y como vos sabéis tengo muchas.
-Claro que sí, muchacho. Bien dicho. Habéis decidido bien. Preferís una vida plena a un mañana incierto. Por eso el Padre está en desventaja. Más vale pájaro en mano.
El anciano sacó el pequeño libro negro de uno de sus bolsillos. Al notario le sorprendió ya que suponía que el libro había quedado junto a la fogata, apagada hace varias horas.
-Es un libro muy poderoso-habló el diablo-Aquí lo conocen como Ars Goetia. Fue obra del rey Salomón. Claro que esta es la versión moderna, escrita en latín por uno de mis preferidos. Solo debéis leer todo el libro en voz alta.
Nathaniel Williams tomó el tratado de inmediato y se puso a leer mecánicamente. Su mente estaba en otra parte. Tal vez se pudiera creer que pensaba en su padre, o en su esposa, pero en realidad pensaba en tres pequeñas, hermosas y gráciles jovencitas.
El notario leía rítmicamente advocaciones, admoniciones, provocaciones, exaltaciones, ruegos y peticiones. La lengua latina se oía terrible y hermosa. Nathaniel Williams no perdía ni un segundo.
El viejo Nick asentía complacido mientras el joven leía.
Lentamente pasaban los minutos. La garganta del joven notario estaba ahora un poco ronca y parecía que con cada oración se volvía más y más gutural su voz.
El diablo le alcanzó un pellejo lleno de vino. El joven dudó un instante, pero después se bebió la mitad de un solo trago.
Estaba por la mitad del misterioso tratado. Ahora ya no leía peticiones ni nada de eso, sino que se sucedían las blasfemias y anatemas. La cabaña resonaba con terribles ecos de maldiciones, insultos y execraciones.
Nathaniel aún no se había dado cuenta pero un hilo de sangre se escurría de las comisuras de sus labios. Tal vez era por las maldiciones. Eran aterradoras. Espantosas. Seguro que si Dios estaba mirando derramaría lágrimas por las palabras pronunciadas por el notario.
Tal vez pasó una hora más. Las páginas se sucedían a un ritmo constante. Nathaniel ahora solamente tenía que leer las dos últimas páginas.
En los últimos minutos hilos de sangre caían ahora de los ojos, nariz y oídos del notario. Las palabras leídas retumbaban en su cuerpo y le hacían daño.
Por fin solo quedó una última página, pero era esta la más terrible de todas. Estaba llena de frases impronunciables que atentaban contra todo de manera tal que oírlas significaría -para alguien menos decidido que Nathaniel- caer de rodillas y suplicar a Dios a lágrima viva el perdón. 
Medio segundo dudó el notario, miró al diablo que estaba frente a él, y continuó la lectura, casi gritando las palabras.
Había terminado. El joven notario se derrumbó en el suelo, con grandes toses. Después de un instante escupió un esputo sanguinolento.
El anciano lo miraba con respeto.
-Excelente, muchacho-dijo-Nadie había podido pasar de la mitad. Con semejantes blasfemias todos se acobardaban y querían terminar el trato. Pero vos habéis demostrado ser un hombre con las pelotas bien puestas. Debéis desear mucho a vuestras cuñadas.
Nathaniel se sentó en el suelo y miró fijamente al demonio.
-Ah-repuso el diablo-Queréis vuestra parte. No os preocupéis. A estas horas vuestro padre debe estar muerto. Y en cuanto a vuestras cuñadas, tened por seguro que os esperan en vuestra casa, preguntándose cómo es posible que no se hayan fijado en vos siendo tan apuesto como sois. Os prometo que ahora mismo están revolcándose en sus camas con el coño mojado y pensando en vos.
Una tenue sonrisa apareció en el rostro del notario.
-Habéis cumplido bien el trato-dijo el diablo levantándose- Ahora me voy. Pero antes debo deciros la verdad. El Padre está muy enfadado con vos. Ni penséis en la redención. Me temo que nos veremos las caras en el infierno.
Nathaniel palideció y miró al demonio con sorpresa.
-Libre albedrío Nathaniel. Lo recordáis. Por supuesto que existe el infierno. Yo soy la prueba más clara. Yo solamente os doré la píldora para que siguierais mi camino, pero os habéis condenado vos solo. No habéis oído que el demonio es engañoso. Príncipe de las Mentiras me llaman. Solamente os diré una cosa más. No os gustará el infierno, querido muchacho. Es un lugar espantoso. Y pasaréis allí para siempre.
El viejo Nick se dirigió hacia la puerta.
-Habéis pagado un precio terrible. Disfrutad lo que os he dado. Nos veremos pronto-dijo al abrir la puerta, y cuando cruzaba el umbral añadió:
-En verdad os digo que nos veremos más pronto de lo que deseáis. Adiós Nathaniel Williams.
El notario, pálido por esta revelación, y con ojos como platos, miraba como el viejo desaparecía en la noche.
Nathaniel Williams se desmayó de puro terror.

A la mañana siguiente el notario se despertó conmocionado. Se encontraba a un lado de la fogata que había hecho. Unos pasos más allá estaba el bosquecillo de abetos que había visto el día anterior. A su espalda estaba la gran roca donde buscó refugio y a su derecha estaba el camino que iba hacia Plymouth.
Largos minutos trató de entender lo que había sucedido la noche anterior, pero mientras más pensaba en ello, más irreal le parecía. Ahora todo le parecía un sueño.
Comió un poco de queso y pan de sus alforjas, y aún dubitativo, se dirigió hacia la casa de su padre en Plymouth.
No bien hubo llegado al camino, divisó un jinete que venía en su dirección. Cuando estuvo cerca, reconoció a Smith, el criado de su padre.
Smith al reconocer al notario detuvo su caballo de inmediato y habló.
-Noticias terribles, señor Nathaniel. Justamente iba a buscaros a Brockton. Se trata de vuestro padre.
-Qué ha pasado con mi padre-gritó el notario.
-Ha muerto, señor-habló Smith conteniendo las lágrimas. Un ataque al corazón.
Nathaniel inmediatamente palpó el frasco de veneno que tenía en el bolsillo.
-Ha sido tan repentino-continuó Smith-El reverendo estaba perfectamente hasta ayer, pero hoy está muerto. Los caminos del Señor son inescrutables.
-Los caminos del Señor-repitió mecánicamente Nathaniel mientras pensaba en otros caminos más directos y menos piadosos.
Unos instantes estuvo el notario poniendo en orden sus ideas. De repente su expresión cambió.
-Dadme el caballo, Smith-dijo-Lo necesito de inmediato.
-Por supuesto, señor-respondió el criado bajando del caballo.
Nathaniel montó con urgencia y puso el caballo al trote.
-Pero a dónde vais señor-gritó Smith-Plymouth queda en la otra dirección. Allí es donde está vuestro padre.
En la cara de Nathaniel se formó una sonrisa de placer. Los ojos le brillaban con un fuego nunca antes visto. Por fin habló:
-Me voy a Brockton, Smith-gritó el notario-Necesito ver urgentemente a mi familia.
El notario se alejó al galope, dando grandes carcajadas, y se encamino a su casa en Brockton, donde esperaban su esposa y sus cuñadas.
Dos horas después encontraron el cadáver de Nathaniel Williams en las afueras de Brockton. Al parecer, apremiado por una prisa inexplicable, había castigado en demasía al caballo que le prestaran, y éste se encabritó y lo tiró de la silla, con tan mala fortuna que la cabeza del notario golpeó con dureza las piedras del camino. Murió en el acto. Pocos días después, en su funeral, se podía distinguir a tres jóvenes y hermosas damitas que lloraban inconsolables la muerte de Nathaniel Williams. Húmedas lágrimas mojaban sus caras. También se vio en el funeral a cierto vagabundo medio borracho que cargaba un libro. Nadie lo reconoció como amigo del notario, pero éste alego que lo conocía muy bien. Dijo llamarse Nick.