Ramiro Arauz
Lo que dicen de
nosotros es verdad. Nosotros no sembramos. Puedo ver a mi alrededor las huellas
del fuego y los maltrechos cadáveres ennegrecidos de mis enemigos. Oigo sus
cabañas incendiadas derrumbarse en medio de graves crujidos. Me llega el olor
de la carne quemada y la sangre, del miedo y de la ira. Nadie ha quedado vivo,
ni siquiera los niños.
Lentamente el fuego
se apaga. El frío viento eleva las cenizas y hace irrespirable la atmósfera. No
siento dolor. Ya no.
Nosotros no
sembramos, nosotros cosechamos. Cosechamos sangre y fuego, cosechamos muerte y
gloria, odio y riquezas.
Todos mis compañeros
han muerto. Creo percibir a cierta distancia el cadáver de mi hermano. Me
alegro por él, ha muerto como se debe morir, con la espada en la mano.
Ver a mi hermano me
ha despertado algunos recuerdos que juzgué perdidos. Recuerdos de Heligoland,
nuestra isla, recuerdos de mi padre, de mi casa.
Todas las personas
nos creen demonios, todas sin excepción. Pero somos hombres. Simplemente
hombres. También tenemos miedo. Cuando salimos a las batallas siempre veo el
temor en cada uno de los rostros de mis compañeros y percibo el mío propio.
Pero como decía mi padre, el temor nos hace valientes.
Me pregunto si he
sido digno. Si hemos sido dignos. Tal vez mis compañeros se encuentren ya
celebrando en las inmensas estancias con grandes jarras de hidromiel e
incontables jabalíes. Tal vez cabalguen
ya junto al espléndido corcel de ocho patas y su jinete y atraviesen el puente
del arco iris. Quizás están admirando el gran martillo y los terribles ojos
rojos de su propietario.
Varias horas han
pasado, el fuego se ha apagado. Me es imposible moverme. Mi gran melena y mi
barba se han quemado así como la mitad de mi cuerpo. La espera es insoportable
y la muerte no llega.
Ya es de noche y
miro las estrellas. La herida en mi pecho sigue sangrando.
De nada me sirve mi
enorme fuerza y mi altura. Me siento impotente. El guerrero más fiero de Heligoland
atrapado en medio de un montón de escombros aún humeantes e inamovibles.
A mi lado yace el
hombre que es el causante de mi situación. Valiente, debo decir. Me tomó largo
tiempo despacharlo, y cuando lo hice toda la cabaña incendiada se desplomó
sobre mi cabeza.
Mi hermano intentó
ayudarme pero tuvo que enfrentarse a varios guerreros igual de formidables que
él. Así fue como cayó, con la espada en la mano y matándolos a todos.
Nosotros no
sembramos. Nuestros propios compatriotas nos temen. Nos llaman berserkers.
Añoro el dardo
afilado de la muerte, pero se niega a venir. Tal vez ofendí a los dioses.
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