jueves, 20 de marzo de 2014

FECAL MATTER


Juan Cristóbal Cárdenas Carrión
Hay algunas noches en que me ocurre el fenómeno que describiré a continuación. Realmente es algo muy penoso y proviene de aquellos actos-situaciones-ideas tan personales y confusas que uno nunca pensaría en revelarlas.

A veces, cuando me encuentro solo en mi apartamento, recostado en mi cama, sucede un hecho extraño. De los cuatro ángulos del techo, desde las cuatro paredes espigadas y de color de luna, surge una fuerza, una energía indescriptible que ruge de manera incontrolable. No entiendo por qué los demás vecinos del edificio no la escuchan y golpean a mi puerta para reclamar por el ruido.

Acto seguido, de las cuatro esquinas del cielorraso salen unas vigas de hierro que rodean el cuadrado que compone el techo. Las vigas tienen tornillos de acero. Y de los tornillos nacen barras que encierran mi recinto. Me veo envuelto en una jaula en estas aciagas noches.

Entonces comprendo que debo ejecutar El Ritual. Parece que el Diablo, jactándose de su malignidad oscura e inmensa como el océano, suelta por ahí, en una esquinita un cuchillo.

Las primeras noches no entendía para qué serviría el cuchillo y me la pasaba enrejado, contemplando a través de los barrotes la luna-uña ese símbolo musulmán, pero que en realidad representa a la Virgen María. Y entristecido e insomne miraba el desierto de arena azul oscura en que se convierte la ciudad cuando me ocurren estos sucesos.

Luna azul-luna amarilla, cantaba entonces, durante algunas noches, cuándo saldré de aquí-cuándo encontraré la estrella, repetía. Hasta que una noche (siempre descubro las cosas muy tarde) vi el cuchillo, lanzando sus haces plateados por toda la habitación.

Pero me faltarían algunas noches aún para saber cómo utilizar la herramienta de filo centelleante. Primero intenté cortar los barrotes, pero estos repelían al cuchillo como si ambos objetos estuvieran imantados de polaridades idénticas.  
Al fin, luego de cortar mis piernas y mis brazos creyendo que debía graficar en ellos el tatuaje lunar entendí que debía practicar este tatuaje (el cuarto creciente) en mi rostro. Debía dibujar una luna creciente en mi frente con el cuchillo. La sangre se esparcía cada noche (pero era la única forma de dormir, muy poca gente me entendería).
NOTA: Esto que acabo de escribir es demasiado personal, EVITAR MOSTRÁRSELO A GENTE QUE NO SEA DE CONFIANZA.

1 MES DESPUÉS

Fui a una terapia con un psiquiatra y él ha diagnosticado mi problema. Un caso de baja autoestima y depresión severa que degeneró en un cuadro obsesivo compulsivo. La compulsión generaba la práctica del ritual en que repasaba el dibujo de una luna creciente en mi rostro. Era un delirio.
Yo le había referido al doctor que soy publicista. Pero que en mis dos últimos trabajos había tenido que salir por las malas relaciones que no había dejado de tener con mis compañeros. Una frase que dijo el doctor se había quedado grabada en mi memoria: “En los pacientes creativos como escritores, músicos o inclusive publicistas como ud. existe una cierta resistencia a la curación, debida a que manejan una mayor gama de emociones que la que usa un profesional de un campo neutro.”


Me entristeció darme cuenta de las cicatrices que dejé en mi rostro. Pero bueno, quien ha caído en el fango no puede esperar a salir limpio, decía un amigo. Ya no realizo el ritual con el cuchillo y las cicatrices empiezan a mejorar ligeramente. Aunque soy realista, sé que nunca se borrarán.

Pero ya me siento mejor. Realicé un viaje hacia una pequeña casita que tengo en las afueras, en el páramo de la ciudad. Por la mañana el sol y el viento primaverales broncearon mi rostro. Pesqué una trucha en el río y comiendo su sabrosa  carne tomé las gotas de risperidona que el doctor me recetó y que tanto bien me han hecho.

En este momento me preparo para dormir y escucho un ruido lejano, como una orquesta, parece provenir de la ladera del cerro que se alza a un centenar de metros de la cabaña. Salgo para averiguar de dónde viene el ruido y me encamino ladera arriba. La luna ejecuta su latido. Crece-decrece, crece y decrece. Me interno en una cueva y con lámpara en mano me acerco al lugar de donde proviene el ruido. Pienso que algún campesino trasnochado se debió guarecer en la cueva durante la noche. Quizás lleva una radio y escucha la canción que ahora oigo con toda claridad: es la canción “Dancing at the ballroom”.
He llegado al lugar de donde brota la música pero no encuentro ninguna radio, ni personas, tan solo una roca ahuecada de donde caen constantemente unas gotas de agua: toj toj toj. Salto de susto cuando oigo una voz, una mujer que llama a mis espaldas.
-Señor, qué pasa- me dice- por qué se ha levantado.
Es mi vecina, una mujer de unos 70 años que tiene un rebaño de borregos.
Le digo que me levanté por el ruido que brota de la cueva pero que no encuentro la radio de la que sale el ruido. La vecina pone rostro circunspecto, no escucho ningún ruido, dice, y se aleja entre los arbustos.
Es fatal –pienso- mientras regreso a mi cabaña, recuerdo la certeza que tenía de niño de que todas las noches un duende se subía a la cama para contarme historias al oído.
Es fatal, entiendo, al darme cuenta de que una emisora no puede estar transmitiendo durante dos horas la misma canción de 7 minutos.
Es trágico, pienso, lo mejor es acabar con esta radio averiada, comprendo.
Me siento un momento junto a la mesa del comedor y en medio de mi tristeza descubro un pedazo de excremento de paloma que se ha secado en la mesa, a escasos centímetros del plato donde yacen los pedazos de pan.
No encuentro una salida de este laberinto en que se ha convertido mi suerte.
Agarro un destornillador y raspo el excremento seco. “Materia fecal”, pienso, y la palabra me retrotrae al nombre del primer demo de Nirvana, Fecal Matter en inglés, recuerdo. En mi adolescencia oía mucho a Nirvana y me gustaba esa irreverencia punk, ese quemimportismo por lo que pensaran los demás.
Esa era la clave. Definitivamente yo no era una radio averiada, en cinco segundos recordaba que lo que piensen los demás importaba un rábano. Inclusive las cosas que yo pensaba y que no me favorecían comenzaban a dejar de tener esa fuerza inconmovible. Podían nacer más sueños como el brotar de una semilla de rosa dentro de un cubo de acero que se rompe por la presión de un anhelo.

Y sí, logré conseguir un trabajo donde me daban una buena paga y me llevaba bien con mis compañeros. También mejoré de mi depresión y encontré fulgores donde antes solo había vislumbrado brumas.

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