Juan Cristóbal Cárdenas Carrión
Hay
algunas noches en que me ocurre el fenómeno que describiré a continuación.
Realmente es algo muy penoso y proviene de aquellos actos-situaciones-ideas tan
personales y confusas que uno nunca pensaría en revelarlas.
A veces,
cuando me encuentro solo en mi apartamento, recostado en mi cama, sucede un
hecho extraño. De los cuatro ángulos del techo, desde las cuatro paredes
espigadas y de color de luna, surge una fuerza, una energía indescriptible que
ruge de manera incontrolable. No entiendo por qué los demás vecinos del
edificio no la escuchan y golpean a mi puerta para reclamar por el ruido.
Acto
seguido, de las cuatro esquinas del cielorraso salen unas vigas de hierro que
rodean el cuadrado que compone el techo. Las vigas tienen tornillos de acero. Y
de los tornillos nacen barras que encierran mi recinto. Me veo envuelto en una
jaula en estas aciagas noches.
Entonces
comprendo que debo ejecutar El Ritual. Parece que el Diablo, jactándose de su
malignidad oscura e inmensa como el océano, suelta por ahí, en una esquinita un
cuchillo.
Las
primeras noches no entendía para qué serviría el cuchillo y me la pasaba
enrejado, contemplando a través de los barrotes la luna-uña ese símbolo
musulmán, pero que en realidad representa a la Virgen María. Y entristecido e
insomne miraba el desierto de arena azul oscura en que se convierte la ciudad
cuando me ocurren estos sucesos.
Luna
azul-luna amarilla, cantaba entonces, durante algunas noches, cuándo saldré de
aquí-cuándo encontraré la estrella, repetía. Hasta que una noche (siempre
descubro las cosas muy tarde) vi el cuchillo, lanzando sus haces plateados por
toda la habitación.
Pero me
faltarían algunas noches aún para saber cómo utilizar la herramienta de filo
centelleante. Primero intenté cortar los barrotes, pero estos repelían al
cuchillo como si ambos objetos estuvieran imantados de polaridades
idénticas.
Al fin,
luego de cortar mis piernas y mis brazos creyendo que debía graficar en ellos
el tatuaje lunar entendí que debía practicar este tatuaje (el cuarto creciente)
en mi rostro. Debía dibujar una luna creciente en mi frente con el cuchillo. La
sangre se esparcía cada noche (pero era la única forma de dormir, muy poca
gente me entendería).
NOTA:
Esto que acabo de escribir es demasiado personal, EVITAR MOSTRÁRSELO A GENTE
QUE NO SEA DE CONFIANZA.
1 MES
DESPUÉS
Fui a
una terapia con un psiquiatra y él ha diagnosticado mi problema. Un caso de baja
autoestima y depresión severa que degeneró en un cuadro obsesivo compulsivo. La
compulsión generaba la práctica del ritual en que repasaba el dibujo de una
luna creciente en mi rostro. Era un delirio.
Yo le
había referido al doctor que soy publicista. Pero que en mis dos últimos
trabajos había tenido que salir por las malas relaciones que no había dejado de
tener con mis compañeros. Una frase que dijo el doctor se había quedado grabada
en mi memoria: “En los pacientes
creativos como escritores, músicos o inclusive publicistas como ud. existe una
cierta resistencia a la curación, debida a que manejan una mayor gama de
emociones que la que usa un profesional de un campo neutro.”
Me
entristeció darme cuenta de las cicatrices que dejé en mi rostro. Pero bueno, quien ha caído en el fango no puede esperar
a salir limpio, decía un amigo. Ya no realizo el ritual con el cuchillo y
las cicatrices empiezan a mejorar ligeramente. Aunque soy realista, sé que
nunca se borrarán.
Pero ya
me siento mejor. Realicé un viaje hacia una pequeña casita que tengo en las
afueras, en el páramo de la ciudad. Por la mañana el sol y el viento
primaverales broncearon mi rostro. Pesqué una trucha en el río y comiendo su
sabrosa carne tomé las gotas de
risperidona que el doctor me recetó y que tanto bien me han hecho.
En este
momento me preparo para dormir y escucho un ruido lejano, como una orquesta,
parece provenir de la ladera del cerro que se alza a un centenar de metros de
la cabaña. Salgo para averiguar de dónde viene el ruido y me encamino ladera
arriba. La luna ejecuta su latido. Crece-decrece, crece y decrece. Me interno
en una cueva y con lámpara en mano me acerco al lugar de donde proviene el
ruido. Pienso que algún campesino trasnochado se debió guarecer en la cueva durante
la noche. Quizás lleva una radio y escucha la canción que ahora oigo con toda
claridad: es la canción “Dancing at the
ballroom”.
He
llegado al lugar de donde brota la música pero no encuentro ninguna radio, ni
personas, tan solo una roca ahuecada de donde caen constantemente unas gotas de
agua: toj toj toj. Salto de susto
cuando oigo una voz, una mujer que llama a mis espaldas.
-Señor,
qué pasa- me dice- por qué se ha levantado.
Es mi
vecina, una mujer de unos 70 años que tiene un rebaño de borregos.
Le digo
que me levanté por el ruido que brota de la cueva pero que no encuentro la
radio de la que sale el ruido. La vecina pone rostro circunspecto, no escucho
ningún ruido, dice, y se aleja entre los arbustos.
Es fatal
–pienso- mientras regreso a mi cabaña, recuerdo la certeza que tenía de niño de
que todas las noches un duende se subía a la cama para contarme historias al
oído.
Es
fatal, entiendo, al darme cuenta de que una emisora no puede estar
transmitiendo durante dos horas la misma canción de 7 minutos.
Es
trágico, pienso, lo mejor es acabar con esta radio averiada, comprendo.
Me
siento un momento junto a la mesa del comedor y en medio de mi tristeza
descubro un pedazo de excremento de paloma que se ha secado en la mesa, a
escasos centímetros del plato donde yacen los pedazos de pan.
No encuentro una salida de este laberinto en
que se ha convertido mi suerte.
Agarro
un destornillador y raspo el excremento seco. “Materia fecal”, pienso, y la
palabra me retrotrae al nombre del primer demo
de Nirvana, Fecal Matter en inglés,
recuerdo. En mi adolescencia oía mucho a Nirvana y me gustaba esa irreverencia
punk, ese quemimportismo por lo que pensaran los demás.
Esa era
la clave. Definitivamente yo no era una radio
averiada, en cinco segundos recordaba que lo que piensen los demás
importaba un rábano. Inclusive las cosas que yo pensaba y que no me favorecían
comenzaban a dejar de tener esa fuerza inconmovible. Podían nacer más sueños
como el brotar de una semilla de rosa dentro de un cubo de acero que se rompe por
la presión de un anhelo.
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