domingo, 26 de noviembre de 2023

 

EVALUACIÓN ESTUDIANTIL

Es una categoría de la didáctica que responde a las preguntas: ¿qué evaluar? , ¿Cuándo evaluar?, ¿con qué evaluar? Permite evaluar los logros alcanzados, atención a las individualidades y tener una fuente de información para comprobar los aciertos y corregir los desaciertos.

Debe ser procesual para observar el logro de las habilidades, destrezas y competencias que se espera que alcancen los estudiantes.

TIPOS DE EVALUACIÓN

Según el propósito son tres: evaluación diagnóstica, formativa y sumativa.

EVALUACIÓN DIAGNÓSTICA

Almacena información sobre los conocimientos previos del estudiante. Permite ajustar la planificación curricular.

EVALUACIÓN FORMATIVA

Ayuda a identificar alcance y dificultades en el proceso enseñanza aprendizaje, para adaptar la planificación y los métodos utilizados.

EVALUACIÓN SUMATIVA.

Verifica el aprendizaje de los estudiantes y el logro de los objetivos. (Ministerio de Educación, 2019;p.7)

La evaluación consta de tres momentos que son: inicial, procesual y final.

INICIAL

Al inicio del proceso de enseñanza aprendizaje, sirve para saber los conocimientos previos del estudiante.

PROCESUAL

Se desarrolla durante el proceso de enseñanza aprendizaje para verificar el avance del estudiante.

FINAL

Se desarrolla al final del proceso de enseñanza aprendizaje. (Ministerio de Educación, 2019;p.7)

TÉCNICAS DE INSTRUMENTO DE EVALUACIÓN

Son los métodos e insumos que sirven para evaluar el proceso de enseñanza aprendizaje. Citamos tres ejemplos

 

 

Técnicas

Instrumentos

Observación

Escala de rango, lista de cotejo y rubrica.

Interrogatorio

Cuestionario, entrevistas, autoevaluación.

Solución de problemas

Proyectos,

(Zúñiga y Cárdenas, 2014; pp59-60)

Referencias

Díaz, R. (2020). Didáctica para la enseñanza y el aprendizaje. Loja- Ecuador : EDILOJA

Ministerio de Educación. (2019). Instructivo para la aplicación de la evaluación estudiantil.

Zúñiga C. y Cárdenas P. (2014). Perspectiva educacional, formación de profesores.

domingo, 6 de julio de 2014

EL ORO FALSO BRILLA MÁS QUE EL VERDADERO


 Juan Cristóbal Cárdenas Carrión
  Un día un desamparado pasó a lado de un salón y vio a gente en su interior, todos llevaban ropa muy lujosa, joyas y reían y disfrutaban de la velada. El guardia que estaba observándolo risueño lo invitó a pasar y le entregó ropa de gala que tenía en el armario.
El desamparado enseguida empezó a conversar con la gente que estaba en la fiesta y notó que ellos lo apreciaban y reían con sus bromas. Al caer la tarde uno de los presentes le mostró algo que lo perturbó. Llevaba un cajita muy sucia. Y acercándose le preguntó ¿esto es tuyo?
Se turbó mucho porque la traía siempre en el pantalón raído ¿cómo había llegado ahí? Seguramente al cambiarse se le cayó. Dentro llevaba unas pocas monedas. Era todo lo que había conseguido tras mendigar aquel día. 

-No son mías-respondió, sonriendo con disimulo.
 El hombre le dio la espalda y se fue a otra esquina.
Al caer la noche el guardia entró en el salón anunciado: muy bien desamparados, ya me han causado suficiente gracia por hoy, tomen sus ropas sucias y devuelvan las joyas y ropas que les presté. Todos los que estaban en el salón eran mendigos que habían sido vestidos por el guardia. Y empezaron a vestirse y se marcharon. El desamparado se vistió deprisa y buscó al mendigo que había cogido su caja con las monedas obtenidas en el día.
Por suerte lo encontró y le pidió la caja. El otro mendigo le respondió. Esas monedas valen mucho para mí ahora, pero cuando conversábamos en el salón de lujo, lo único que veías en ellas era su miseria; me llevo esta caja porque sólo es una ilusión, al igual que la reunión de la que acabamos de salir.
Con rostro cansado ,el menesteroso, se acomodó su sombrero y se fue.

domingo, 15 de junio de 2014

EL VERDADERO DIOS


Juan Cristóbal Cárdenas

Guapondélig, Tumipamba, Cuenca; no importan los nombres que ha ostentado la ciudad en la que vivo. Lo realmente importante es el descubrimiento de la verdadera divinidad por la cual estamos regidos sus habitantes.
El Dios que nos gobierna no es el Inti, para nada; ésta es una importación de los incas que quisieron instaurarlo a fuerza de colonización y propaganda.
¿Acaso es el dios de los católicos, el padre de Jesús? Tampoco. Esta otra novedad, traída por los españoles, no es la divinidad a la cual le rendimos tributo. Admito que mi mente está influida por el dios europeo, debido a mi herencia española; pero debería asegurar que la mayor parte de los cuencanos no seguimos los preceptos de este dios.
El verdadero dios vive en la cima de la montaña más alta de la ciudad: el Cabogana. Habita en este monte desde tiempos inmemoriales; se dice que suele tomar forma de diferentes animales para distraerse.
Me parece necesario distinguir las características de la personalidad del dios. Esto es muy importante, pues ellas definen el comportamiento de los habitantes de la ciudad.
Primeramente afirmo que es un dios completamente punitivo; le encanta castigar a los humanos y una de sus enseñanzas -que hemos de aprender- es el deber de castigar a cualquier persona que cometa un error; por pequeña que sea la falta, debe ser castigada con dureza.
En segundo lugar: el dios de nuestra ciudad es extremadamente vengativo. Si se le hace una ofensa él desatará su furia sin miramientos y se cobrará con creces el daño recibido. Este precepto (de la venganza) también debe ser puesto en práctica por los ciudadanos, y es acatado con rigor por los vecinos de nuestro pueblo.
Por otra parte, se sabe que es un dios egoísta, no soporta la felicidad ajena, o más bien debería decir que le disgusta la felicidad individual; si él no participa en una especie de felicidad colectiva se siente miserable, marchito.

Hay quienes afirman que su principal objetivo es ganar (el bien del otro es una preocupación inútil).
Nuestro dios es un dios irreflexivo y al cual le fascina desarrollar actividades variadas hasta extenuarse. Se dice que esta característica se debe a su origen montano. El vecino de nuestro pueblo tiene como regla realizar muchas actividades para complacer al dios. No se le concede importancia a la calidad de la actividades ni al inocuo hecho de concluirlas o no. Lo fundamental para el dios de mirada felina es constatar que el humano ha realizado muchos trabajos. 
Hace miles de años los pobladores de este valle subían el Cabogana con algún desafortunado habitante (quizás un niño o niña) y le cortaban la garganta en la cima del cerro. Esta era la única manera de rogar benevolencia al dios. Todos los preceptos debían cumplirse a cabalidad. Es un dios milenario.

miércoles, 4 de junio de 2014

LA DAMA Y LA MÚSICA


Ramiro Aráuz
Todo comenzó una noche corriente hace aproximadamente dos meses. Basta con decir que estaba al borde de la locura o el suicidio. Pero Ella me salvó. Me dio ánimo para seguir. Para que entiendan les contaré como se sucedieron las cosas.
 Yo cené tranquilamente esa tarde y me acosté pronto. Pero a las doce de la noche me despertó el sonido de un violín. Era una melodía extraña y hermosa, cargada de fuerza. No sé por qué pero presentí que la persona que tocaba así era una mujer. Había una rara belleza en la improvisación de las notas. Nunca se repetía un compás. Intuí en la artista un alma bella y elevada. Acostado en mi camastro me imaginaba el rostro de la dama que tocaba con total maestría. Me pareció que debía ser joven para sentir tal pasión por su instrumento. También pensé que era hermosa. Al cabo de largos minutos la música cesó. Me sentí decepcionado. No pude dormir pensando en mi vecina desconocida que ocupaba la habitación de abajo.
A la noche siguiente, con ansias, esperé su música. No me defraudó. A las doce en punto comenzó una pieza totalmente nueva, pero igual de hermosa. Otra vez me sumergí en la música. La pieza actual evocaba romance, peligro y aventura. Yo me sentía transportado hacia otro mundo, mi mente volaba con la belleza de la armonía.
Ahora yo estaba totalmente seguro que la mujer que tocaba era hermosa, apasionada y de elevados ideales.
Varios días se sucedieron así. Ella tocaba a las doce en punto, y yo, temblando de emoción, la escuchaba. A veces ella tocaba por largas horas. A veces eran solamente pocos minutos. Yo ya me había hecho una imagen mental de ella. Alta, con el pelo largo y ondulado, ojos negros y labios finos. Con piel blanca y modales de reina.
Jamás me atreví a golpear su puerta. Creo que mi enfermiza timidez que me había privado de amigos, unida a la idolatría que sentía ya por ella, me negaban cualquier probabilidad de amistad.
Así que por largas semanas yo la escuché en silencio. Algunas veces, luego de escuchar composiciones realmente soberbias, yo aplaudía tímidamente. Llegué a creer que ella también presentía que tenía un oyente apasionado.
Escucharla se convirtió para mí en un ritual. Tal vez sepan ya de mi vida solitaria. Sólo en esos momentos en los que la oía, yo me sentía feliz. En esas semanas me olvidé del suicidio. Ahora tenía una razón para vivir: su música y los sentimientos puros que me inspiraba.
 Me gustaba imaginarla fría y bella, o apasionada y enérgica. Se convirtió en parte de mi existencia. Ella me ayudaba a seguir viviendo.
Pero una noche aciaga, estando yo escuchándola, y luego de una pieza extraordinaria, no pude evitar que gritos de alegría salieran de mi garganta, y cuando me di cuenta mis manos aplaudían ruidosamente cuando finalizó su música. Pocos instantes después sentí más que oí unos tímidos pasos en la entrada de mi habitación, y leves golpes en mi puerta.
Anonadado no me atreví a moverme. Los golpes se repitieron otra vez, y yo azorado ni siquiera respiraba. Por tercera vez se repitieron esos suaves golpes, seguidos de una clara voz masculina que me conminó a que abriese la puerta.
Pensé de inmediato en padres ofendidos o en maridos celosos. Tal vez mis arranques habrían hecho que la tímida, culta y delicada dama se ofendiera.
Mi miedo instintivo a las demás personas me detenía. Yo podría haber pedido disculpas a su padre o a su esposo, pero mi fobia a la gente era mayúscula. Por eso vivía solitariamente y no salía casi nunca.
Se me ocurrió que si yo no pedía disculpas por mi actitud, tal vez la dama no volvería a tocar, privándome de mi secreta ilusión, así que haciendo de tripas corazón abrí la puerta.
Cuál no sería mi sorpresa al ver en el umbral a un joven alto, con el pelo largo y ondulado, ojos negros, labios finos y maneras irreprochables. Por un instante pensé que era el hermano de mi amada.
Pero el joven era alguien totalmente diferente. Me dijo que era músico, y que le gustaba ensayar por las noches. Me dijo también que odiaba mis aplausos por que le distraían. Al preguntarle yo por su hermana o esposa se me rió en las barbas. Me tachó de loco amanerado. Me dijo que no había ninguna mujer en su departamento, y que él era el que tocaba esas exquisitas piezas musicales. En fin, ese joven de pelo largo y ojos negros me mandó al demonio.
En un instante, mis ideas sobre la mística dama de mis sueños estaban hechas pedazos por aquel bellaco. Sentí una furia inenarrable contra aquel fatuo joven que destruyó mis ilusiones de un tirón.
Yo jamás hubiera tratado de conocer a mi dama imaginaria, solo me conformaba con su música, pero ese mequetrefe me había quitado toda ilusión.
Así que, hirviendo de rabia, saqué mi puñal y lo clavé en el centro de su duro corazón, y al hacerlo lo maldije por destruir mi única razón de vivir. La dama y su música.
Mi abogado me ha pedido que escriba esto con total sinceridad, así que no he omitido nada. Pueden ustedes imaginarse mi horror al darme cuenta después de lo que había hecho. Con grandes voces alerté a los vecinos, pero era ya muy tarde para salvar al joven de pelo largo.
Los gendarmes llegaron poco después, y desde ese momento me encuentro en prisión.
Ahora estoy esperando el veredicto. En realidad me da igual. Todo en mí se ha marchitado.
Tal vez no lleguen a comprender jamás  porqué maté a ese joven. Solo les diré esto: cuando se destruye la ilusión se destruye por completo a un hombre.

domingo, 13 de abril de 2014

AMNESIA


Juan Cristóbal Cárdenas Carrión

¿Crees que puedas encontrar el gozo sin mentirte? ¿O quizás la felicidad consista en pequeñas porciones de alegría? En ligeros sorbos de bienestar.

***
Era un sentimiento mágico poder disfrutar de las verdes hojas de los Arces Plateados en las veredas camino al supermercado de los chinos en la calle Güemes en Buenos Aires. El sentir su mano junto a la suya era un gol de dopamina. El suave sol resbalando por el horizonte; el tardo ocaso de dedos de ámbar ciñéndose en el barrio mientras pensabas si lo mejor para la cena serían patys o canelones.

***
Esa tarde en el parque Rivadavia casi podías, podíamos jurar que la felicidad existía. No había necesidad de trabajar gracias a la generosidad de mis padres, lo más importante era saborear los helados que compramos, mientras acariciaba tu pelo. ¿Ese día perdonaste mi agorafobia o fobia social como preferías llamarla? De todas maneras se había curado aunque fuera solo por un día. Estábamos juntos.

***
La conocí en un bar. Estaba sentado con un par de amigos (no muy íntimos, nunca confié en nadie). La saqué a bailar. Ya me había dado cuenta de ella hace unos minutos; le había clavado mi mirada. Cómo no me iban a gustar esos ojos negros, esa pinta costeña; los senos dibujándose en la blusa, las piernas largas.

***
El día del accidente regresaba de la universidad, tanto tiempo me había demorado hacer la tesis, todo por los viajes, por el enamoramiento fallido. Iba superando la tristeza –la depresión como la llamaría ella- poco a poco.
Razoné que no había sido un santo ni uno de esos hombres con la claridad de pensamiento que hipnotiza a las mujeres y que hipnotiza increíblemente a la vida logrando sus objetivos de manera calmada y efectiva. No, definitivamente, irremediablemente, ese no era yo.

***
Mientras bailaba le mencioné lo bonitos que eran sus ojos. Y el licor obró en mi ánimo para que me apegara osadamente a su cuerpo deseando sentir sus pechos. Quise robarle un beso. Luego a las tres de la mañana, cuando ya iban a cerrar le pregunté si podía acompañarla a su apartamento. En el camino conversé de algún hecho inocuo, pero mi corazón latía con fiereza. Me sudaban las manos. Al llegar, sin decir nada, me abalancé sobre ella y la besé. La desnudé parada y la llevé hacia la cama. Los besos en la boca me provocaban una sensación de intimidad, de estar comunicándome con esa costeña de amplio seno y ojos profundos, de reír sin necesidad de expeler sonidos.

***
Esa noche perdí la paciencia contigo. Ya no soportaba eso que no sabía cómo nombrar. No lo soportaba, o quizás Buenos Aires ya me empezaba a fastidiar. Esa noche te fuiste y decidiste ya no regresar.

***
Quizás el vivir el presente pueda ser esa llave escondida que nos permita si no ser felices, al menos probar de esas pequeñas cucharadas de alegría que nos regala la vida a veces.

***
Al momento de acercarme al clímax las penetraciones se volvían más rápidas y menos profundas. No sé por qué , pero me vino a la mente la sensación de la textura de un pedazo de mantequilla, resbalando por mis dedos.
***
Empezaba a mejorar mi ánimo, pero todavía me ponía triste cuando en un canal transmitían noticias sobre Buenos Aires. Caminaba de regreso de la universidad y sería falso decir que pensaba en ella en aquel momento.

***
Yaces en el lecho junto a la bella costeña. Sabes que pronto te pedirá que te marches, pero no te importa, el placer te ha llenado de paz. Ella te dice con ese acento costeño (que es casi como comerse las eres) que no puede creer que hayas perdido la memoria, que sufras amnesia.

***
El día que Juan regresó a casa, encendió la televisión y pasaron una noticia de Buenos Aires. Juan la miró sin sentir angustia, sin que exista un recuerdo que lo hiciera cambiar de canal ni poner rostro nostálgico. Ahora para él tan solo era la capital de Argentina, un país en el extremo sur del continente americano.

*****
Ese día nublado miraban el tiovivo en una de las esquinas del parque Rivadavia; Juan te dijo que sería una buena idea subir, tú dijiste riendo que eso era para niños. Él te dijo que qué importaba, los niños viven sin pensar en las consecuencias de nada, por qué no dejar de pensar por unos minutos. Los dos reían, una comparsa empezaba a entonar una murga con el redoblar de bombos; se acercaron para escucharlos, se sentían curiosos, alegres.