Juan Cristóbal Cárdenas Carrión
Un día un desamparado
pasó a lado de un salón y vio a gente en su interior, todos llevaban ropa muy
lujosa, joyas y reían y disfrutaban de la velada. El guardia que estaba
observándolo risueño lo invitó a pasar y le entregó ropa de gala que tenía en
el armario.
El desamparado
enseguida empezó a conversar con la gente que estaba en la fiesta y notó que
ellos lo apreciaban y reían con sus bromas. Al caer la tarde uno de los presentes le
mostró algo que lo perturbó. Llevaba un cajita muy sucia. Y acercándose le preguntó
¿esto es tuyo?
Se turbó mucho porque la traía siempre en el pantalón raído ¿cómo había llegado ahí? Seguramente al cambiarse se le cayó. Dentro llevaba unas pocas monedas. Era todo lo que había conseguido tras mendigar aquel día.
-No son mías-respondió, sonriendo con disimulo.
Se turbó mucho porque la traía siempre en el pantalón raído ¿cómo había llegado ahí? Seguramente al cambiarse se le cayó. Dentro llevaba unas pocas monedas. Era todo lo que había conseguido tras mendigar aquel día.
-No son mías-respondió, sonriendo con disimulo.
El hombre le dio la espalda y se fue a otra
esquina.
Al caer la noche el guardia entró en el salón anunciado: muy bien desamparados, ya me han causado suficiente gracia por hoy, tomen sus ropas sucias y devuelvan las joyas y ropas que les presté. Todos los que estaban en el salón eran mendigos que habían sido vestidos por el guardia. Y empezaron a vestirse y se marcharon. El desamparado se vistió deprisa y buscó al mendigo que había cogido su caja con las monedas obtenidas en el día.
Por suerte lo encontró y le pidió la caja. El otro mendigo le respondió. Esas monedas valen mucho para mí ahora, pero cuando conversábamos en el salón de lujo, lo único que veías en ellas era su miseria; me llevo esta caja porque sólo es una ilusión, al igual que la reunión de la que acabamos de salir.
Con rostro cansado ,el menesteroso, se acomodó su sombrero y se fue.
Al caer la noche el guardia entró en el salón anunciado: muy bien desamparados, ya me han causado suficiente gracia por hoy, tomen sus ropas sucias y devuelvan las joyas y ropas que les presté. Todos los que estaban en el salón eran mendigos que habían sido vestidos por el guardia. Y empezaron a vestirse y se marcharon. El desamparado se vistió deprisa y buscó al mendigo que había cogido su caja con las monedas obtenidas en el día.
Por suerte lo encontró y le pidió la caja. El otro mendigo le respondió. Esas monedas valen mucho para mí ahora, pero cuando conversábamos en el salón de lujo, lo único que veías en ellas era su miseria; me llevo esta caja porque sólo es una ilusión, al igual que la reunión de la que acabamos de salir.
Con rostro cansado ,el menesteroso, se acomodó su sombrero y se fue.