Ramiro Aráuz
El gran día ha
llegado. Por fin me han aceptado. En pocas horas más seré miembro del último
grado de la Hermandad de la Rosa Dorada. Mi ceremonia de iniciación tendrá
lugar en el sótano de F………
Estoy nervioso y
tengo miedo. Mis hermanos no me han dicho ni una sola palabra sobre el ritual
de iniciación.
Estoy encerrado en
un cuarto oscuro. Me han pedido que me despoje de mis ropas. Tengo frío.
Creo oír murmullos
ininteligibles. Mis hermanos ya han comenzado con la ceremonia. La puerta de mi
estancia se abre y entra un hermano vestido como arlequín. Su cara está velada
por un antifaz.
Me ordena que lo
siga en silencio. Caminamos por un largo
y oscuro pasillo. La fría y dura piedra hiere mis pies desnudos.
Llegamos a una sala
grande. Toda la hermandad está reunida. Visten amplias túnicas negras, y las
capuchas ocultan sus facciones.
En el centro de la
sala hay muchas velas, dispuestas en círculo.
Distingo a cuatro figuras vestidas de forma diferente, junto a las
velas.
Mi desnudez me hace
humilde. No oculto mis atributos, pues el hombre es un ser perfecto.
El arlequín que me
ha guiado se une a las cuatro figuras. Los miro a todos y creo reconocer en
esos cinco a los más importantes príncipes y soberanos de la hermandad.
Las cinco figuras
frente a mí usan disfraces. El arlequín, el papa, el diablo, el caballero y el
rey. La simbología está muy clara para mí.
El papa se acerca
con una gruesa tela negra con la cual cubre mi rostro. Alguien me ata las manos
a la espalda.
Una voz autoritaria
y fría dice que la ceremonia se llevará a cabo en la sala del capítulo. Oigo
los pasos de mis hermanos que se alejan. Con rudeza me empujan y me exigen que
avance. Tropiezo y caigo constantemente. He llegado a unas escaleras. Desciendo
lentamente las gradas de una en una, pero un fuerte brazo me empuja y caigo.
He estado a punto de
gritar, pero me he reprimido a tiempo. Sigo la orden que me dio el arlequín
cuando fue a buscarme. La del silencio.
He llegado a una
estancia alfombrada, la percibo con mis pies desnudos. Me han dejado en esa
sala. Por largo tiempo no percibo un solo ruido. Mis manos atadas y la venda
sobre mis ojos me causan cierta inquietud, pero nada digo. Ni siquiera me
muevo.
El tiempo pasa muy
lento. Pareciera que llevo horas de pie en la sala. Pero no me traiciono con
ningún gesto, pues sé que me observan atentamente, esperando ver algún signo de
debilidad.
De pronto siento un
fuerte golpe en el costado, luego otro más fuerte aún en las piernas. Entonces
me llueven los golpes por todas partes, golpes fortísimos. Pero no me muevo. Aguanto
ese vendaval estoicamente. La carne es débil pero la mente es eterna.
Han dejado de
golpearme. Siento un secreto alivio.
Oigo una voz cargada
de odio frente a mí. Me grita insultos y
reproches, no todos falsos e inmerecidos. Se burla de mis maneras y mi
carácter, de mi padre y de mi madre, de todo lo que yo aprecio y valoro. Pero
nada digo. La vergüenza y el rubor corroen mi alma, pero mi cuerpo no demuestra
ningún signo de emoción.
Esta prueba ha sido
dura. No es grato verse humillado delante de decenas de personas.
La voz se ha
detenido. Mi corazón martilla fuertemente contra mi pecho debido a la
incertidumbre. Me pregunto qué me aguarda ahora.
Otra vez reina un
silencio sepulcral. Mi cuerpo me duele pero no lo demuestro. Debo ser digno.
Oigo con claridad
que se desenvaina una espada, y poco después siento su frío filo en mi pecho.
Una voz terrible me
exige que me retracte. Me dice que no continúe, que no estoy preparado. Nada
digo.
El filo de la espada
empieza a recorrer mi pecho, con crueldad, mientras la voz, más dura y terrible
que antes, amenaza con matarme. La espada recorre con su frío filo mi pecho
desprotegido, hiriéndome cada vez más. Estoy a punto de rendirme.
Abro la boca para
gritar, pero algo me detiene.
Me detiene una risa.
La risa de los hermanos que están presentes en la ceremonia. Es una risa
hiriente. Mis hermanos se burlan de mi debilidad, de mi dolor. Piensan que no
merezco el honor que ellos comparten.
Aprieto los dientes.
No voy a rendirme. No ahora.
Ahora ya no siento
las caricias de la espada en mi carne.
Por fin retiran el
arma. Me ordenan que avance. Han desatado mis manos, pero sigo con los ojos
vendados.
Me exigen que me
recueste. Lo hago de inmediato.
Una superficie lisa
y fría recibe mi cuerpo. Creo percibir el mármol.
Una voz grave y
pausada me demanda que abra mi alma y mi mente a los hermanos. Me pide que les
cuente todos mis secretos, sean estos terribles o risibles, me conmina a
hablarles sobre mis deseos y pasiones, me exige que desvele lo que no sabe
nadie más que yo y el Creador.
Terrible prueba
esta.
La vergüenza y el
miedo me inundan. Pese a estar desnudo, la que se estremece de temor es mi
alma. Mucho me piden mis hermanos. Todo me piden mis hermanos. Alto precio debo
pagar para encontrar el Gran Arcano.
Lentamente, con voz
clara, voy desgranando mi ser. Todo lo que alguna vez he pensado, he sentido,
he hecho, todo lo digo. Por momentos, terribles secretos se quedaban atascados
en mi garganta, secretos que también concernían a algunos de los hermanos aquí
reunidos.
La vergüenza y el
dolor me han arrancado lágrimas. Todo lo he dicho. No me he guardado nada para
mí. Ahora mis hermanos me conocen más que yo mismo.
Ahora me ordenan que
me levante. Me quitan la tela que cubría mis ojos. El que sepa ver que mire y
vea.
Los cinco hermanos
se me acercan. El caballero me da su espada. El papa me alcanza su báculo. El
rey me entrega su corona, el arlequín me pone su capa y el diablo me da dos
besos en cada mejilla.
Miro la estancia en
donde me encuentro. Distingo en la penumbra a Jano. La rosa brilla en todas
partes. En el centro de la sala se encuentran los tres pilares. Pintados en el
cielo raso están nuestras constelaciones. El búho está en un rincón, a un lado
de la pirámide. Nuestros números fulguran a un lado. La alfombra está compuesta
por cuadrados blancos y negros. El velo de Isis se mece grávidamente. Nuestras
letras son visibles. Nuestra estrella arde al fondo del salón, y nuestro sello
nos rodea.
Mis hermanos se me
acercan y me dan el saludo ritual, el saludo del león.
Mi nombre ritual ha
cambiado. Ahora he pasado a ser el Custodio de la Copa de Horus.
Un hermano me
entrega un ropaje blanco, lleno de rosas doradas. Me lo pongo, para ocultar mi
desnudez, pero aún conservo la capa, la espada, el báculo y la corona.
Los cinco hermanos
disfrazados se despojan de los antifaces y los reconozco.
El Soberano de
Egipto, el Príncipe de Oriente, el Comendador de Jerusalén, el Gran Maestro de
Hermes Toth y el Guardián de las Llaves de Osiris.
Me siento honrado ya
que solamente están presentes los cinco grandes maestros en rituales de suma
importancia. Mi humildad me impulsa a preguntarles que hacían en mi elevación.
Solamente sonríen.
Sus ancianos y sabios rostros están impregnados de conocimiento. Me hacen una
seña. El corazón palpita en mi pecho. El Guardián de Las llaves de Osiris
levanta el velo de Isis. Me invita a pasar el umbral. Con temor lo hago. Miro
alrededor. Esta estancia es mucho más grande. Miro sonriente a mis maestros. En
silencio asienten. Palabras sagradas de poder decoran la estancia. Todo ha
valido la pena. Por fin lo he conseguido. El conocimiento imperecedero.
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