jueves, 20 de marzo de 2014

EL RITO


Ramiro Aráuz
El gran día ha llegado. Por fin me han aceptado. En pocas horas más seré miembro del último grado de la Hermandad de la Rosa Dorada. Mi ceremonia de iniciación tendrá lugar en el sótano de F………
Estoy nervioso y tengo miedo. Mis hermanos no me han dicho ni una sola palabra sobre el ritual de iniciación.
Estoy encerrado en un cuarto oscuro. Me han pedido que me despoje de mis ropas. Tengo frío.
Creo oír murmullos ininteligibles. Mis hermanos ya han comenzado con la ceremonia. La puerta de mi estancia se abre y entra un hermano vestido como arlequín. Su cara está velada por un antifaz.
Me ordena que lo siga en silencio. Caminamos por un largo  y oscuro pasillo. La fría y dura piedra hiere mis pies desnudos.
Llegamos a una sala grande. Toda la hermandad está reunida. Visten amplias túnicas negras, y las capuchas ocultan sus facciones.
En el centro de la sala hay muchas velas, dispuestas en círculo.  Distingo a cuatro figuras vestidas de forma diferente, junto a las velas.
Mi desnudez me hace humilde. No oculto mis atributos, pues el hombre es un ser perfecto.
El arlequín que me ha guiado se une a las cuatro figuras. Los miro a todos y creo reconocer en esos cinco a los más importantes príncipes y soberanos de la hermandad.
Las cinco figuras frente a mí usan disfraces. El arlequín, el papa, el diablo, el caballero y el rey. La simbología está muy clara para mí.
El papa se acerca con una gruesa tela negra con la cual cubre mi rostro. Alguien me ata las manos a la espalda.
Una voz autoritaria y fría dice que la ceremonia se llevará a cabo en la sala del capítulo. Oigo los pasos de mis hermanos que se alejan. Con rudeza me empujan y me exigen que avance. Tropiezo y caigo constantemente. He llegado a unas escaleras. Desciendo lentamente las gradas de una en una, pero un fuerte brazo me empuja y caigo.
He estado a punto de gritar, pero me he reprimido a tiempo. Sigo la orden que me dio el arlequín cuando fue a buscarme. La del silencio.
He llegado a una estancia alfombrada, la percibo con mis pies desnudos. Me han dejado en esa sala. Por largo tiempo no percibo un solo ruido. Mis manos atadas y la venda sobre mis ojos me causan cierta inquietud, pero nada digo. Ni siquiera me muevo.
El tiempo pasa muy lento. Pareciera que llevo horas de pie en la sala. Pero no me traiciono con ningún gesto, pues sé que me observan atentamente, esperando ver algún signo de debilidad.
De pronto siento un fuerte golpe en el costado, luego otro más fuerte aún en las piernas. Entonces me llueven los golpes por todas partes, golpes fortísimos. Pero no me muevo. Aguanto ese vendaval estoicamente. La carne es débil pero la mente es eterna.
Han dejado de golpearme. Siento un secreto alivio.
Oigo una voz cargada de odio  frente a mí. Me grita insultos y reproches, no todos falsos e inmerecidos. Se burla de mis maneras y mi carácter, de mi padre y de mi madre, de todo lo que yo aprecio y valoro. Pero nada digo. La vergüenza y el rubor corroen mi alma, pero mi cuerpo no demuestra ningún signo de emoción.
Esta prueba ha sido dura. No es grato verse humillado delante de decenas de personas.
La voz se ha detenido. Mi corazón martilla fuertemente contra mi pecho debido a la incertidumbre. Me pregunto qué me aguarda ahora.
Otra vez reina un silencio sepulcral. Mi cuerpo me duele pero no lo demuestro. Debo ser digno.
Oigo con claridad que se desenvaina una espada, y poco después siento su frío filo en mi pecho.
Una voz terrible me exige que me retracte. Me dice que no continúe, que no estoy preparado. Nada digo.
El filo de la espada empieza a recorrer mi pecho, con crueldad, mientras la voz, más dura y terrible que antes, amenaza con matarme. La espada recorre con su frío filo mi pecho desprotegido, hiriéndome cada vez más. Estoy a punto de rendirme.
Abro la boca para gritar, pero algo me detiene.
Me detiene una risa. La risa de los hermanos que están presentes en la ceremonia. Es una risa hiriente. Mis hermanos se burlan de mi debilidad, de mi dolor. Piensan que no merezco el honor que ellos comparten.
Aprieto los dientes. No voy a rendirme. No ahora.
Ahora ya no siento las caricias de la espada en mi carne.
Por fin retiran el arma. Me ordenan que avance. Han desatado mis manos, pero sigo con los ojos vendados.
Me exigen que me recueste. Lo hago de inmediato.
Una superficie lisa y fría recibe mi cuerpo. Creo percibir el mármol.
Una voz grave y pausada me demanda que abra mi alma y mi mente a los hermanos. Me pide que les cuente todos mis secretos, sean estos terribles o risibles, me conmina a hablarles sobre mis deseos y pasiones, me exige que desvele lo que no sabe nadie más que yo y el Creador.
Terrible prueba esta.
La vergüenza y el miedo me inundan. Pese a estar desnudo, la que se estremece de temor es mi alma. Mucho me piden mis hermanos. Todo me piden mis hermanos. Alto precio debo pagar para encontrar el Gran Arcano.
Lentamente, con voz clara, voy desgranando mi ser. Todo lo que alguna vez he pensado, he sentido, he hecho, todo lo digo. Por momentos, terribles secretos se quedaban atascados en mi garganta, secretos que también concernían a algunos de los hermanos aquí reunidos.
La vergüenza y el dolor me han arrancado lágrimas. Todo lo he dicho. No me he guardado nada para mí. Ahora mis hermanos me conocen más que yo mismo.
Ahora me ordenan que me levante. Me quitan la tela que cubría mis ojos. El que sepa ver que mire y vea.
Los cinco hermanos se me acercan. El caballero me da su espada. El papa me alcanza su báculo. El rey me entrega su corona, el arlequín me pone su capa y el diablo me da dos besos en cada mejilla.
Miro la estancia en donde me encuentro. Distingo en la penumbra a Jano. La rosa brilla en todas partes. En el centro de la sala se encuentran los tres pilares. Pintados en el cielo raso están nuestras constelaciones. El búho está en un rincón, a un lado de la pirámide. Nuestros números fulguran a un lado. La alfombra está compuesta por cuadrados blancos y negros. El velo de Isis se mece grávidamente. Nuestras letras son visibles. Nuestra estrella arde al fondo del salón, y nuestro sello nos rodea.
Mis hermanos se me acercan y me dan el saludo ritual, el saludo del león.
Mi nombre ritual ha cambiado. Ahora he pasado a ser el Custodio de la Copa de Horus.
Un hermano me entrega un ropaje blanco, lleno de rosas doradas. Me lo pongo, para ocultar mi desnudez, pero aún conservo la capa, la espada, el báculo y la corona.
Los cinco hermanos disfrazados se despojan de los antifaces y los reconozco.
El Soberano de Egipto, el Príncipe de Oriente, el Comendador de Jerusalén, el Gran Maestro de Hermes Toth y el Guardián de las Llaves de Osiris.
Me siento honrado ya que solamente están presentes los cinco grandes maestros en rituales de suma importancia. Mi humildad me impulsa a preguntarles que hacían en mi elevación.
Solamente sonríen. Sus ancianos y sabios rostros están impregnados de conocimiento. Me hacen una seña. El corazón palpita en mi pecho. El Guardián de Las llaves de Osiris levanta el velo de Isis. Me invita a pasar el umbral. Con temor lo hago. Miro alrededor. Esta estancia es mucho más grande. Miro sonriente a mis maestros. En silencio asienten. Palabras sagradas de poder decoran la estancia. Todo ha valido la pena. Por fin lo he conseguido. El conocimiento imperecedero.

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