jueves, 20 de marzo de 2014

EL ESPEJO


Ramiro Aráuz
Siento una sensación extraña siempre que me miro al espejo. Es como si la persona reflejada no fuera yo sino alguien diferente tratando de imitar mis gestos y maneras. A veces he sorprendido al “otro” como he dado en llamarlo, mirándome de tal forma que se erizaban mis cabellos. Otras veces he descubierto una fría y retorcida sonrisa en su rostro.
Algunos piensan que estoy loco ya que cometí la estupidez de contarles mis aprensiones a algunos amigos. Ahora me miran temerosos.
Pero el “otro” no cesa de acecharme. Cuando me afeito por las mañanas encuentro su negra y helada mirada fija en mí.
Para mi desgraciada suerte hay un espejo inmenso en mi dormitorio  justo a un lado de mi cama. Incontables veces he tratado de cubrirlo con una gruesa tela pero siempre que me acerco distingo al “otro” que me mira amenazadoramente con una mueca horrible que parece una sonrisa y ojos como el fuego del infierno. Nunca he logrado tapar el maldito espejo.
Casi no duermo en las noches. Los malditos espejos me tienen obsesionado. Empiezan a afectarme también en mi trabajo, ya que algunas veces creí percibir al “otro” mirándome malignamente desde el gran espejo frente a la sala de audiencias.
Me he quedado sin amigos. Era de suponer ya que cada vez que venían a mi casa sus visitas eran más y más cortas.
Sin embargo el más fiel de mis amigos, al llegar a mi casa una noche, y luego de hablar por varias horas me indicó su preocupación por lo que él llamó mi alucinación, debida, según él, al exceso de trabajo.
Lo admito, perdí el control y lo llevé frente al espejo de mi dormitorio. Con gritos destemplados lo conminé a que mirase la imagen reflejada y me jurase que era yo.
Miré mi reflejo. El “otro” mostraba una sonrisa retorcida que parecía una mueca y ojos como el hielo del averno. De pronto el “otro” lanzó una serie de horribles carcajadas observándome  fijamente.
Impotente y corroído por el miedo miré a mi amigo. El más fiel, el más querido, mi único amigo.
Únicamente me miró tristemente y salió de mi casa. Jamás lo volví a ver.
Largas horas medité en la oscuridad. Aunque me parece que fueron días o semanas. No me atrevía a prender la luz y todo lo hacía en la penumbra.
Siento que corro por el borde de un abismo, con la locura total a un lado y la muerte en el otro.
 Solo me queda una solución. Voy a destruir los espejos.
Nota: he publicado esta corta nota justo como la encontré en casa de mi amigo T. E, para disipar dudas sobre su muerte. La nota estaba escrita con letra vacilante y casi ilegible. Luego de mi última visita a la casa de T. E. estuve sin noticias suyas por dos semanas, pero amigos comunes me informaron que por varios días no compraba víveres ni asistía al trabajo (en la corte de justicia) por lo que, temiendo algún suicidio acudí a la policía. Entramos a su casa con dos agentes. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto. Encontramos el cuerpo de T. en su dormitorio horriblemente decapitado y su cabeza la descubrimos sobre la mesa de la sala de estar. Los agentes buscaron algún lugar por donde pudiera entrar y salir el asesino, ya que hablar de suicidio era imposible, pero no encontraron nada. Ni puertas ni ventanas habían sido forzadas y no había absolutamente ningún lugar por donde alguien pudiera entrar. Además no había rastros de sangre pese a la decapitación. Luego de varios días de investigación el caso se archivó como no resuelto.
Pero hay algo extraño, algo que me perseguirá por el resto  de mis días. El gran espejo que estaba en la habitación de T. E. y frente al cual le dirigí mi triste mirada como narra en su nota ya no se encontraba allí cuando llegamos con la policía, y no encontramos ninguno de los demás espejos en su casa. Ni siquiera en la basura. Ahora la duda y la angustia corroen mi alma.  Ya no me atrevo a mirarme en un espejo. Temo encontrar uno de estos días un gran espejo a un lado de mi cama. Perdóname mi querido amigo, mi único amigo por haber sido tan ciego.

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