Ramiro Aráuz
Siento una sensación
extraña siempre que me miro al espejo. Es como si la persona reflejada no fuera
yo sino alguien diferente tratando de imitar mis gestos y maneras. A veces he
sorprendido al “otro” como he dado en llamarlo, mirándome de tal forma que se
erizaban mis cabellos. Otras veces he descubierto una fría y retorcida sonrisa
en su rostro.
Algunos piensan que
estoy loco ya que cometí la estupidez de contarles mis aprensiones a algunos
amigos. Ahora me miran temerosos.
Pero el “otro” no
cesa de acecharme. Cuando me afeito por las mañanas encuentro su negra y helada
mirada fija en mí.
Para mi desgraciada
suerte hay un espejo inmenso en mi dormitorio
justo a un lado de mi cama. Incontables veces he tratado de cubrirlo con
una gruesa tela pero siempre que me acerco distingo al “otro” que me mira
amenazadoramente con una mueca horrible que parece una sonrisa y ojos como el
fuego del infierno. Nunca he logrado tapar el maldito espejo.
Casi no duermo en
las noches. Los malditos espejos me tienen obsesionado. Empiezan a afectarme
también en mi trabajo, ya que algunas veces creí percibir al “otro” mirándome
malignamente desde el gran espejo frente a la sala de audiencias.
Me he quedado sin
amigos. Era de suponer ya que cada vez que venían a mi casa sus visitas eran
más y más cortas.
Sin embargo el más
fiel de mis amigos, al llegar a mi casa una noche, y luego de hablar por varias
horas me indicó su preocupación por lo que él llamó mi alucinación, debida,
según él, al exceso de trabajo.
Lo admito, perdí el
control y lo llevé frente al espejo de mi dormitorio. Con gritos destemplados
lo conminé a que mirase la imagen reflejada y me jurase que era yo.
Miré mi reflejo. El
“otro” mostraba una sonrisa retorcida que parecía una mueca y ojos como el
hielo del averno. De pronto el “otro” lanzó una serie de horribles carcajadas
observándome fijamente.
Impotente y corroído
por el miedo miré a mi amigo. El más fiel, el más querido, mi único amigo.
Únicamente me miró
tristemente y salió de mi casa. Jamás lo volví a ver.
Largas horas medité
en la oscuridad. Aunque me parece que fueron días o semanas. No me atrevía a
prender la luz y todo lo hacía en la penumbra.
Siento que corro por
el borde de un abismo, con la locura total a un lado y la muerte en el otro.
Solo me queda una solución. Voy a destruir los
espejos.
Nota: he publicado esta corta nota justo como la encontré en casa de mi
amigo T. E, para disipar dudas sobre su muerte. La nota estaba escrita con
letra vacilante y casi ilegible. Luego de mi última visita a la casa de T. E.
estuve sin noticias suyas por dos semanas, pero amigos comunes me informaron
que por varios días no compraba víveres ni asistía al trabajo (en la corte de
justicia) por lo que, temiendo algún suicidio acudí a la policía. Entramos a su
casa con dos agentes. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y
canto. Encontramos el cuerpo de T. en su dormitorio horriblemente decapitado y
su cabeza la descubrimos sobre la mesa de la sala de estar. Los agentes
buscaron algún lugar por donde pudiera entrar y salir el asesino, ya que hablar
de suicidio era imposible, pero no encontraron nada. Ni puertas ni ventanas
habían sido forzadas y no había absolutamente ningún lugar por donde alguien
pudiera entrar. Además no había rastros de sangre pese a la decapitación. Luego
de varios días de investigación el caso se archivó como no resuelto.
Pero hay algo extraño, algo que me perseguirá
por el resto de mis días. El gran espejo
que estaba en la habitación de T. E. y frente al cual le dirigí mi triste
mirada como narra en su nota ya no se encontraba allí cuando llegamos con la
policía, y no encontramos ninguno de los demás espejos en su casa. Ni siquiera
en la basura. Ahora la duda y la angustia corroen mi alma. Ya no me atrevo a mirarme en un espejo. Temo
encontrar uno de estos días un gran espejo a un lado de mi cama. Perdóname mi
querido amigo, mi único amigo por haber sido tan ciego.
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