Juan Cristóbal Cárdenas Carrión
¿Crees que puedas encontrar el gozo sin mentirte? ¿O quizás la felicidad consista en pequeñas porciones de alegría? En ligeros sorbos de bienestar.
***
Era un sentimiento mágico poder
disfrutar de las verdes hojas de los Arces Plateados en las veredas camino al
supermercado de los chinos en la
calle Güemes en Buenos Aires. El sentir su mano junto a la suya era un gol de
dopamina. El suave sol
resbalando por el horizonte; el tardo ocaso de dedos de ámbar ciñéndose en el
barrio mientras pensabas si lo mejor para la cena serían patys o canelones.
***
Esa tarde en el parque Rivadavia casi
podías, podíamos jurar que la felicidad existía. No había necesidad de trabajar
gracias a la generosidad de mis padres, lo más importante era saborear los
helados que compramos, mientras acariciaba tu pelo. ¿Ese día perdonaste mi
agorafobia o fobia social como preferías llamarla? De todas maneras se había
curado aunque fuera solo por un día. Estábamos juntos.
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La conocí en un bar. Estaba sentado con
un par de amigos (no muy íntimos, nunca confié en nadie). La saqué a bailar. Ya
me había dado cuenta de ella hace unos minutos; le había clavado mi mirada.
Cómo no me iban a gustar esos ojos negros, esa pinta costeña; los senos
dibujándose en la blusa, las piernas largas.
***
El día del accidente regresaba de la
universidad, tanto tiempo me había demorado hacer la tesis, todo por los
viajes, por el enamoramiento fallido. Iba superando la tristeza –la depresión
como la llamaría ella- poco a poco.
Razoné que no había sido un santo ni
uno de esos hombres con la claridad de pensamiento que hipnotiza a las mujeres
y que hipnotiza increíblemente a la vida logrando sus objetivos de manera
calmada y efectiva. No, definitivamente, irremediablemente, ese no era yo.
***
Mientras bailaba le mencioné lo bonitos
que eran sus ojos. Y el licor obró en mi ánimo para que me apegara osadamente a
su cuerpo deseando sentir sus pechos. Quise robarle un beso. Luego a las tres
de la mañana, cuando ya iban a cerrar le pregunté si podía acompañarla a su
apartamento. En el camino conversé de algún hecho inocuo, pero mi corazón latía
con fiereza. Me sudaban las manos. Al llegar, sin decir nada, me abalancé sobre
ella y la besé. La desnudé parada y la llevé hacia la cama. Los besos en la
boca me provocaban una sensación de intimidad, de estar comunicándome con esa costeña
de amplio seno y ojos profundos, de reír sin necesidad de expeler sonidos.
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Esa noche perdí la paciencia contigo.
Ya no soportaba eso que no sabía cómo nombrar. No lo soportaba, o quizás Buenos
Aires ya me empezaba a fastidiar. Esa noche te fuiste y decidiste ya no regresar.
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Quizás el vivir el presente pueda ser
esa llave escondida que nos permita si no ser felices, al menos probar de esas
pequeñas cucharadas de alegría que nos regala la vida a veces.
***
Al momento de acercarme al clímax las
penetraciones se volvían más rápidas y menos profundas. No sé por qué , pero me
vino a la mente la sensación de la textura de un pedazo de mantequilla,
resbalando por mis dedos.
***
Empezaba a mejorar mi ánimo, pero
todavía me ponía triste cuando en un canal transmitían noticias sobre Buenos
Aires. Caminaba de regreso de la universidad y sería falso decir que pensaba en
ella en aquel momento.
***
Yaces en el lecho junto a la bella
costeña. Sabes que pronto te pedirá que te marches, pero no te importa, el
placer te ha llenado de paz. Ella te dice con ese acento costeño (que es casi
como comerse las eres) que no puede creer que hayas perdido la memoria, que
sufras amnesia.
***
El día que Juan regresó a casa, encendió la televisión y pasaron una noticia de Buenos Aires. Juan la
miró sin sentir angustia, sin que exista un recuerdo que lo hiciera cambiar de
canal ni poner rostro nostálgico. Ahora para él tan solo era la capital de
Argentina, un país en el extremo sur del continente americano.
*****
Ese día nublado miraban el tiovivo en
una de las esquinas del parque Rivadavia; Juan te dijo que sería una buena idea
subir, tú dijiste riendo que eso era para niños. Él te dijo que qué importaba, los niños viven sin pensar en las
consecuencias de nada, por qué no dejar de pensar por unos minutos. Los dos
reían, una comparsa empezaba a entonar una murga con el redoblar de bombos; se
acercaron para escucharlos, se sentían curiosos, alegres.
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ResponderEliminarEs un buen relato... La amnesia es necesaria
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